No tengo nada en contra de la ojota.
Hace un tiempo descubrí una verdad grande como una casa: soy una ojota. En esta carrera loca de vivir en la que mi mamá me anotó cuando yo no tenía capacidad legal (ni de ninguna clase) para decidir, a mí me tocó ser el calzado que nadie en su sano juicio usaría para realizar ninguna actividad física. Ni siquiera soy una mala deportista. Ni ahí!!! Soy como una cantimplora pinchada, o un par de medias tubulares, de esas que se te arrugan cuando caminaste cinco metros y medio y te provocan una ampolla del tamaño del agujero de ozono. No pego ni con cola en este nuevo mundo en el que la gente hace deportes como a los seis iba a la escuela o a los dieciocho a la colimba. De hecho, creo que soy el último bastión de la inutilidad deportiva del siglo XXI. A qué viene todo esto, dirán algunos. Paso a explicar. Nunca me ha desvelado la certeza de mi propia incapacidad física para realizar cualquier tipo de deportes, ya no de riesgo, no hay que llegar tan lejos. Yo no puedo jugar, de una forma que se aproxime siquiera a la dignidad, ni al monito (el monito, acordate, ese juego en que un salame va al medio y los demás lo rodean tirándose unos a otros una pelota hasta que el salame la agarra y el que se la dejó agarrar pasa al centro a tomar su lugar), porque hasta cuando jugábamos a eso, todos, sin excepción, se aburrían a morir, ya que salvo por una rara jugarreta del destino, cuando me tocaba ir al medio no había dios que me quitara el puesto!!!! Claro que no siempre que participaba de alguna actividad física grupal sobrevenía el aburrimiento… algunas veces era disgusto, malhumor, y hasta el odio más extremo de todos hacia mi persona. En el caso del juego antes mencionado, la modalidad es de todos contra todos, y cada uno juega para sí mismo, sin compañeros a los que responder en caso de no hacer las cosas como se debe. Pero hay otros juegos y deportes, maquiavélicos, en los que los participantes se agrupan en equipos que compiten entre sí por algún premio (trofeo, o similar) o castigo (el que pierde paga la birra!!!), y era justamente en esta categoría en la que me destacaba. La humillación empezaba de arranque nomás. Para armar los equipos de manera más o menos equitativa se utilizaba el método que persiste hasta nuestros días en situaciones similares, a saber: dos de los chicos/chicas (generalmente los más hábiles del grupo, los cracks) se enfrentan y comienzan a elegir, por turnos y de a uno, a los amigos que formarán parte de su equipo, por grado de habilidad, y obviamente, en orden decreciente. Cuando los mejores ya estaban alineados en las filas de uno u otro de los líderes empezaba el verdadero suplicio, ya que los niños, todos lo sabemos, son crueles por naturaleza… Los electores, en esas oportunidades oteaban de reojo para mi lado y acto seguido elegían sin casi mirar a cualquier cosa que se moviera y que no fuera yo. Así hasta que se terminaban las opciones. Si los que nos habíamos reunido en el lugar redondeábamos un número impar, el suplicio era más leve: Me ponían de suplente, y se le advertía a todo integrante de mi equipo que si se lesionaba y yo tenía que entrar a reemplazarlo, tenía que pagar los caramelos para todos. Ahora, el problema venía cuando éramos número par de jugadores, porque los del otro equipo insistían en que ellos ponían a todos en la cancha, por lo cual la alternativa de mi equipo era: o poner uno menos, o ponerme a mí, que era mucho peor. Debo decir que fueron innumerables las veces que mi equipo jugó con uno menos. Ha habido otras alternativas como por ejemplo obligar al líder del equipo contrario a quedarse con el gordo Gómez, que usaba anteojos y pesaba setenta kilos a los nueve años, o a Marianita Márquez, que tenía una piernita más corta que la otra, pobrecita. Lamento decir, nobleza obliga, que cualquiera de los dos, realmente, se desenvolvía mejor que yo en casi cualquier cosa que se jugara. Y no empezaba el juego de fútbol (seeee, de fútbol), de básquet, de carrera de relevos, o de lo que cuernos fuera, sin las consabidas recomendaciones hacia mi persona que versaban más o menos siempre sobre lo mismo: “no te cruces”, “correte”, “no hables”, “ni se te ocurra tocar la pelota”, etc. Supongo que debían apreciar alguna de mis otras virtudes porque la mayoría de las veces, y a pesar de mi absoluta idiotez física, me incluían en los desafíos. Después me fui haciendo grande, y ya adolescente mi temor al papelón se fue transformando en un terror que me bañaba de un sudor frío que presagiaba el desastre cuando alguno de mis amigos o amigas emitía la frase fatal: “che, jugamos al voley??”. Creo que inventé más dolencias en mi tiempo libre que en todos mis años de escuela. Siempre tenía algo: Me dolía la muñeca, la pierna, la cabeza, se me corría el esmalte o me hacía la dormida, pero jugar… ni por equivocación. Igualmente por esos años, en Monte Hermoso, la ciudad costera en la que todos nos juntábamos en verano, se había armado una cancha de voley en la bajada de “Tiburoncitos” (muchos se deben acordar) y ahí, afortunadamente para mí, no jugaban más que los que sabían, generalmente varones. Esto era doblemente genial porque por un lado, no me veía obligada a pasear mi discapacidad por las narices de todos, y por el otro, podíamos contemplar a los chicos más lindos del momento luciéndose o reventándose contra el piso durante quince horas al día. Pero todo aquello ha quedado en el pasado y hoy por hoy soy plenamente consciente que mis habilidades físicas tienen que más que ver con otras cosas: puedo ir a un gimnasio y hacer las cosas medianamente bien, puedo bailar salsa, me encantaría bailar tango, y se que tengo cierta facilidad para todo ello. En cuanto a los deportes, tengo bien en claro que no son para mí, desde ningún punto de vista, y descubrí que me pasé media vida tratando de no parecer lo que realmente soy: una sufrida, cómoda, trajinada y finalmente asumida ojota hawaiana. Sil
