jueves, 28 de junio de 2007

No tengo nada en contra de la ojota.

Hace un tiempo descubrí una verdad grande como una casa: soy una ojota. En esta carrera loca de vivir en la que mi mamá me anotó cuando yo no tenía capacidad legal (ni de ninguna clase) para decidir, a mí me tocó ser el calzado que nadie en su sano juicio usaría para realizar ninguna actividad física. Ni siquiera soy una mala deportista. Ni ahí!!! Soy como una cantimplora pinchada, o un par de medias tubulares, de esas que se te arrugan cuando caminaste cinco metros y medio y te provocan una ampolla del tamaño del agujero de ozono. No pego ni con cola en este nuevo mundo en el que la gente hace deportes como a los seis iba a la escuela o a los dieciocho a la colimba. De hecho, creo que soy el último bastión de la inutilidad deportiva del siglo XXI. A qué viene todo esto, dirán algunos. Paso a explicar. Nunca me ha desvelado la certeza de mi propia incapacidad física para realizar cualquier tipo de deportes, ya no de riesgo, no hay que llegar tan lejos. Yo no puedo jugar, de una forma que se aproxime siquiera a la dignidad, ni al monito (el monito, acordate, ese juego en que un salame va al medio y los demás lo rodean tirándose unos a otros una pelota hasta que el salame la agarra y el que se la dejó agarrar pasa al centro a tomar su lugar), porque hasta cuando jugábamos a eso, todos, sin excepción, se aburrían a morir, ya que salvo por una rara jugarreta del destino, cuando me tocaba ir al medio no había dios que me quitara el puesto!!!! Claro que no siempre que participaba de alguna actividad física grupal sobrevenía el aburrimiento… algunas veces era disgusto, malhumor, y hasta el odio más extremo de todos hacia mi persona. En el caso del juego antes mencionado, la modalidad es de todos contra todos, y cada uno juega para sí mismo, sin compañeros a los que responder en caso de no hacer las cosas como se debe. Pero hay otros juegos y deportes, maquiavélicos, en los que los participantes se agrupan en equipos que compiten entre sí por algún premio (trofeo, o similar) o castigo (el que pierde paga la birra!!!), y era justamente en esta categoría en la que me destacaba. La humillación empezaba de arranque nomás. Para armar los equipos de manera más o menos equitativa se utilizaba el método que persiste hasta nuestros días en situaciones similares, a saber: dos de los chicos/chicas (generalmente los más hábiles del grupo, los cracks) se enfrentan y comienzan a elegir, por turnos y de a uno, a los amigos que formarán parte de su equipo, por grado de habilidad, y obviamente, en orden decreciente. Cuando los mejores ya estaban alineados en las filas de uno u otro de los líderes empezaba el verdadero suplicio, ya que los niños, todos lo sabemos, son crueles por naturaleza… Los electores, en esas oportunidades oteaban de reojo para mi lado y acto seguido elegían sin casi mirar a cualquier cosa que se moviera y que no fuera yo. Así hasta que se terminaban las opciones. Si los que nos habíamos reunido en el lugar redondeábamos un número impar, el suplicio era más leve: Me ponían de suplente, y se le advertía a todo integrante de mi equipo que si se lesionaba y yo tenía que entrar a reemplazarlo, tenía que pagar los caramelos para todos. Ahora, el problema venía cuando éramos número par de jugadores, porque los del otro equipo insistían en que ellos ponían a todos en la cancha, por lo cual la alternativa de mi equipo era: o poner uno menos, o ponerme a mí, que era mucho peor. Debo decir que fueron innumerables las veces que mi equipo jugó con uno menos. Ha habido otras alternativas como por ejemplo obligar al líder del equipo contrario a quedarse con el gordo Gómez, que usaba anteojos y pesaba setenta kilos a los nueve años, o a Marianita Márquez, que tenía una piernita más corta que la otra, pobrecita. Lamento decir, nobleza obliga, que cualquiera de los dos, realmente, se desenvolvía mejor que yo en casi cualquier cosa que se jugara. Y no empezaba el juego de fútbol (seeee, de fútbol), de básquet, de carrera de relevos, o de lo que cuernos fuera, sin las consabidas recomendaciones hacia mi persona que versaban más o menos siempre sobre lo mismo: “no te cruces”, “correte”, “no hables”, “ni se te ocurra tocar la pelota”, etc. Supongo que debían apreciar alguna de mis otras virtudes porque la mayoría de las veces, y a pesar de mi absoluta idiotez física, me incluían en los desafíos. Después me fui haciendo grande, y ya adolescente mi temor al papelón se fue transformando en un terror que me bañaba de un sudor frío que presagiaba el desastre cuando alguno de mis amigos o amigas emitía la frase fatal: “che, jugamos al voley??”. Creo que inventé más dolencias en mi tiempo libre que en todos mis años de escuela. Siempre tenía algo: Me dolía la muñeca, la pierna, la cabeza, se me corría el esmalte o me hacía la dormida, pero jugar… ni por equivocación. Igualmente por esos años, en Monte Hermoso, la ciudad costera en la que todos nos juntábamos en verano, se había armado una cancha de voley en la bajada de “Tiburoncitos” (muchos se deben acordar) y ahí, afortunadamente para mí, no jugaban más que los que sabían, generalmente varones. Esto era doblemente genial porque por un lado, no me veía obligada a pasear mi discapacidad por las narices de todos, y por el otro, podíamos contemplar a los chicos más lindos del momento luciéndose o reventándose contra el piso durante quince horas al día. Pero todo aquello ha quedado en el pasado y hoy por hoy soy plenamente consciente que mis habilidades físicas tienen que más que ver con otras cosas: puedo ir a un gimnasio y hacer las cosas medianamente bien, puedo bailar salsa, me encantaría bailar tango, y se que tengo cierta facilidad para todo ello. En cuanto a los deportes, tengo bien en claro que no son para mí, desde ningún punto de vista, y descubrí que me pasé media vida tratando de no parecer lo que realmente soy: una sufrida, cómoda, trajinada y finalmente asumida ojota hawaiana. Sil

Mal día…

Cuarenta y cinco, y en progreso. Años. Cuarenta y cinco años y en progreso. Cuarenta y cinco para cuarenta y seis diría mi abuela, y algunos acotarán que lo de “para cuarenta y seis” es sobreabundante, pero juro que hay días en que no estoy tan segura. ¿Y si no llego a mi próximo cumpleaños? Concretamente me pregunto si vale decir que “para cuarenta y seis” es una obviedad cuando nos sentimos tan condenadamente repodridos de cojudear molinos que al caer (porque nosotros siempre los volteamos) caen para nuestro lado, y nos dejan chatos como una sartén… (Te acordás: Ojalá que te pise un tren que te deje chato como una sartén) Sin duda estoy retrocediendo, si no cronológicamente, ciertamente lo hago intelectualmente. Podría conformarme el hecho de no hacerlo como algunas de mis congéneres que se visten de adolescentes y salen a pasear celulitis y arrugas por la vida como si jamás hubieran asistido al acto de egresados de secundaria de los hijos. Esas mismas que cuando la cajera de un supermercado les pregunta el número de documento para aprovechar el descuento “especial para asociados”, apenas lo murmuran, coloradas como una remolacha, porque ni estirándolo llega a los dieciocho millones. De cualquier modo, juro que admiro su autoestima. No es poca cosa creer que un par de lolas nuevas, adquiridas con el sudor de la frente de quien sea que las haya pagado, o un jean que sostenga lo insostenible, logran encubrir la verdad de la milanesa. Cuarenta y cinco y en progreso. Progreso de tiempo, de mañas, de fría aceptación o de amargas renuncias. Y progreso también de ganas de decir basta, a casi todo y a casi todos. Yo creo que llega un punto en la vida de las personas en el que tenemos tolerancia prácticamente nula a la mayoría de lo que sucede a nuestro alrededor, por lo menos a lo que antes tolerábamos y hasta disfrutábamos, y comienza una etapa en la que nos ponemos absoluta e insoportablemente selectivas. Paso a explicar. Antes, cuando era una persona normal, antes de mutar en esta especie de híbrido de poco aguante en el que me convertí, solía creer que la vida y sus circunstancias eran parte de un destino al que me sumaba como si no hubiera más remedio. Minga! Ahora ni siquiera dudo que no es destino de nadie elaborar diecisiete discursos por semana para que alguien entienda lo que se debe y lo que no se debe hacer. Una vez, solo una… Algún recordatorio escueto, tal vez, si hay ganas y tiempo. Pero no más que eso, porque más, es demasiado. Y como no adhiero a eso de que “lo que abunda no daña” en lo que a reiteración de explicaciones se refiere, cada vez que me engancho en una discusión bizantina sobre la importancia de ciertas cuestiones que para cualquier mortal con algo de cerebro son tan claras como el agua, me agoto de tal manera que miro las funerarias como miraría un oasis un tipo que se pasó los últimos doce años gateando por el desierto de Sahara. ¿Es tan loco lo que me pasa? Yo creo que no. Pasa que a lo mejor estoy repodrida, o que voy en camino de estarlo, o un poco de las dos cosas, no se, pero cada vez tengo menos aguante, y hablando con personas de mi generación me doy cuenta que coincidimos bastante en esto. Algunos decidieron dejar de darle bola a casi todo y dedicarse a dejar vivir como se debe. Algunos siguen peleándose por todo y con todos. Otros, entre los que me incluyo, hacemos lo que podemos, y a veces eso que podemos está demasiado teñido de lo que nos dejan. Ya se que muchos pensarán que el error es limitarse a achacar a otros nuestras propias desventuras y que esa es una forma fácil de no asumir la responsabilidad de nuestra propia vida… Y… si. A veces, unas pocas, algo de eso hay. La experiencia me dice que los planes, por muy bien que los tracemos, no siempre se concretan como esperamos. Será que el sabor a fracaso, por conocido, es una de las cosas que menos nos asusta. Al menos sabemos lo que debemos esperar, y conformarse con eso molesta un tiempo, hasta que la molestia se transforma en dolor, y después, como siempre, el sabor a nada. Entonces uno se pregunta qué hizo mal y se promete hasta el cansancio no volver a cometer los mismos errores, como si con eso se solucionara lo pasado o se pudiera prevenir lo que vendrá. Pero eso no es posible, gracias a Dios, no es posible. Porque lo hermoso de la vida es justamente la seguridad de no estar seguro de nada, sensación ésta que habla del esfuerzo constante por conseguir más y mejor de todo lo que en realidad vale. Nunca terminás de crecer, ni de enamorarte, ni de conocer a los hijos, ni de resucitar cual Ave Fénix de entre las cenizas de tu propia ruina. Siempre hay algo más, aunque a algunos nos importe menos que una ensalada de porotos de soja sin condimentar. Tal vez mañana descubramos que es la mejor comida del planeta, pero hoy, mal que nos pese, nos asquea solo de verla. Y bue… Un día malo, lo tiene cualquiera! Sil