A los 40 y tantos...
Síndrome de hoja en blanco… generosa manera de decir “síndrome de mente en blanco”. Uno sabe qué quiere decir, me parece. Me parece, pero no estoy segura. Digo, uno sabe sobre qué quiere escribir, pero las neuronas no quieren abandonar la cama. Vamos de nuevo. A ver chicas… a mover el esqueleto! Ponerse en funcionamiento se impone. Acá mando yo, y yo quiero mover… (Ellas saben que mandan, no me es fácil convencerlas) Es que tengo 40… y tantos… Y tantos golpes, y tantos desengaños, y tantos sinsabores, y tantas ganas de no tener 40 y tantos!!! Menos mal que la espectativa de vida, aunque se haya prolongado, no llega más allá de los ochenta… Una a los 40 es como que está más allá de casi todo. Más allá de los prejuicios. Más allá de las tradiciones culturales impuestas dos siglos antes. Más allá de lo que dirán los padres, hijos, hermanos, etc… Más allá de los hombres… Y hasta, casi, más allá del sexo… Menuda tarea la de despertar el indio… o la india. Porque la india, está poco menos que desaparecida, y no en acción precisamente. La india, si es que alguna vez la tuvimos, se tomó vacaciones con opción a retiro definitivo en algún recóndito lugar de veraneo, nudista por cierto, en el que no importan ni la celulitis, ni las estrías, ni los dieciocho kilos de más, ni –casi- los juanetes. La india por fin es libre. Se morfa todo, hasta el maldito tiramisú que engorda solo de mirarlo, y la pizza de anchoas y ajo, esa misma que unos años antes miraba de afuera, como a esas cosas que nunca se alcanzan. Y es que ahora, a los 40 y tantos, comer ajo casi se impone, en un acto de valentía que habla de un “me importa una mierda el resto del día, y del mundo”. Y si no te gusta el ajo, no importa, podés rebelarte de otras maneras. Podrías ponerte esa triquini exótica que te queda como una patada en el orto, y salir por las playas entonando el Himno a la Alegría, porque a los 40 y tantos, tenés tanta presencia, que sin querer, se abren para dejarte pasar. A los 40 y tantos, mi amiga, pisás fuerte. Pero fuerte en serio. Solo los más incautos pueden suponer que dedicarte a criar hijos, mal terminar una carrera, laburar para bancarte, ir a coro, firmar boletines, sermonear a tus cachorros, etc., etc., han hecho de vos una mina que no sirve más que para eso. Los que tienen alguito más que un pene de frente, saben que la procesión va por dentro. No abandonaste la vida, solo te apartaste un rato de la arena de combate. Y esa sensación de querer y no poder que siente el resto cuando intenta ponerte la pata en la cabeza es lo que te hace más interesante. Vos ya soportaste la pata en la cabeza, y te la sacaste de encima, y la tiraste a la mierda con la misma garra con la que decidiste salir adelante por las tuyas, sin la necesidad de un tipo que te bastonee la vida. Cuando te vestís y te arreglás, tarea que te insume unos cuantos minutos más que a los veinte, lo hacés para vos, para gustarte a vos, para verte a vos en esa imagen que te devuelve el espejo con aumento. Las patas de gallo empiezan a ser una amenaza y casi tenés la risa marcada a fuego a los costados de la boca, pero cuando te mirás los ojos, si lograste despegar de las presiones, encontrás un gesto de “no me importa” que habla de determinación a la hora de salir al ruedo. Creo que lo que más gusta de nosotras, es que nos gustamos. Y creo que lo que más desespera, es que no estamos desesperadas. Porque perdimos el pánico a “no saber”. Nosotras ya sabemos. Sabemos lo que podemos hacer, pero también sabemos lo que jamás podremos hacer. Sabemos lo que queremos, y lo que nunca, ni por equivocación, querremos. Sabemos lo que perdimos, pero también sabemos lo que ganamos, y no lo resignamos por nada ni por nadie. Sabemos el valor que tienen los hijos, como parámetro para medir el resto de nuestros amores. Y sabemos, como nunca en la vida, el enormísimo valor del amor de un hombre, lo tengamos o no, porque ya no lo necesitamos como complemento, para completarnos, sino como suplemento de esto que somos, que es una persona completa, plena, terminada de hornear. No creo en la media naranja, porque no me creo media nada. Por culpa o gracias a la vida, en esta etapa de la vida, estamos o deberíamos estar completitas, armaditas, terminaditas, listas ya para una fusión, completa, con alguien que esté tan terminadito y armadito como nosotras. Ya no queremos criar señores a los que se les alarga indefinidamente el período de maduración. No tenemos ganas de adoptar hijos de nuestra edad. Ahora tenemos ganas de crecer al lado de alguien a quien también le interese crecer y no joda con la patita, en la cabeza por lo menos. Algunas, debemos reconocer, se quedaron enganchadas en el interminable correteo y caza, si hay suerte, de boludos alegres que estén prestos a continuar siendo adolescentes por el resto de su vida… Algunas, inclusive, corretean verdaderos adolescentes… Y algunas, todas lo sabemos, permanecen... solo permanecen, atadas a un status quo menos motivante que una carrera de embolsados, pero que les otorga una posición dentro de la sociedad que habla de comodidad y cosas “bien hechas”. Y también hay gente feliz, por qué no reconocerlo? A nosotras, las que nos toca encontrar, con mucha suerte, la felicidad después de pasar por el caos de despegar hasta de nosotras mismas, se nos presenta un camino distinto. Y no es fácil, nada fácil. No porque no haya alguien dispuesto a compartir en igualdad de condiciones esto que somos y que podemos ofrecer, sino porque nosotras casi no permitimos la intromisión a nuestro mundo. Queremos una vida, pero queremos la nuestra, aunque sea de terror para la mayoría, porque es la vida en la que nos sentimos seguras. Ya no damos explicaciones, ya no pedimos permisos, ya no deshojamos margaritas, ni tampoco nos desvela saber que mientras estamos mirando una película de amor por cable hay doscientas minas como nosotras que están en un boliche, intentando terminar la noche en la cama con alguien que les invente, por un rato, un amor que no siente. A las mujeres de 40 y tantos bien puestos, el amor mentido nos interesa tanto como una mixta de lechuga y tomate a un tigre de Bengala. Gracias, caballero, no se moleste… recién tiré… De esas mujeres hablo. De la que soy, y de las que tantas conozco. Casadas o no, pero convencidas de lo que valen de adentro hacia fuera. Y se nota, de lejos. Como se notan las ganas de vivir, o los ojos de estar enamorada. Porque tambièn nos enamoramos… Y cuando nos enamoramos, es de la misma manera que aprendimos a vivir de nuevo, con todo lo que somos. Se nos nota el nuevo estado en los ojos que no mienten, como no mienten los largos silencios que nos ganan cuando pensamos en el tipo que nos desvela. Nos imaginamos futuros, y enterramos pasados, y armamos de nuevo una vida donde el resto sí es complemento, infaltable, pero que no se mete en la intimidad de los dos, que pueden ser uno. Podemos presentir e intuir, y sabemos actuar en consecuencia. Sabemos cuidar, y casi, casi, permitimos que nos cuiden. Sin ceder espacios, sin regalar porfía. Nos ponemos de nuevo taco aguja, pero decimos con el gesto y la mirada, y con la actitud toda, que nada de lo nuevo que aparece habla de “pasen muchachos”, porque esto nuevo que nos pasa es por alguien y para alguien. A los 40 y tantos, no nos despertamos para el mundo… nos despertamos para ese alguien, dirigiendo cada uno de nuestros sentires a un objetivo, solo uno, el que elegimos cuando nos dimos cuenta que todavía valía la pena ponerle una ficha al inmenso placer de estar vivas. Sil
