miércoles, 8 de noviembre de 2006

Las manos de la nona...

Las abuelas... Quién no tiene recuerdos de ellas... Mi abuela materna aún vive, pero la otra, la paterna, nuestra querida Nona Paca, se fue un día sin hacer ruido, despacito como caminaba, para no turbar el sueño de los que acá nos quedábamos, como añorando de antemano el olor de sus manjares. Las manos de mi Nona eran especiales, hechas para acariciar, y hasta acá no difieren demasiado de las de cualquier abuela que se precie, si no fuera porque las suyas, eran manos mágicas. Un día, tenía yo apenas cinco años, un veinticinco de octubre de 1966, mis viejos me dejaron junto con mi única hermana a su cuidado. Ellos tenían algo sumamente importante e impostergable que hacer. En realidad, mamá tenía algo impostergable que hacer. Ese día iba a nacer mi hermanito menor. La alegría se me mezclaba con el miedo, mucho, pero no sabía yo bien a qué. Ella, la Nona, sí que sabía. Sabía que era el miedo a no saber. No saber qué pasaría. No saber si mamá volvería. No saber si nos seguiría queriendo igual, No saber si ... Entonces, en esa hermosa tarde de primavera, puso a trabajar sus manos. Y cocinó... Y cocinó... mucho cocinó, hasta que los olores inundaron todo lo que veíamos y lo que no veíamos también. Hasta que todo lo que conocíamos se tornó un solo olor a cosa conocida, calentita, que no podía darnos más que sensación de seguridad y de amor, del mejor, del que sólo regalan, como al descuido, las personas que más nos aman. La noticia no se hizo esperar, y sobre las seis de la tarde, ya conocíamos la nueva buena. Ese bebé que sería por siempre el consentido de todos nosotros, había llegado al mundo... mientras nosotras dos comíamos la torta mágica de canela, que el amor de nuestra Nona había preparado para echar al cuco malo del miedo de nuestras vidas... Cuánto necesito algunas veces esa torta de canela... Sil