sábado, 18 de noviembre de 2006

Había una vez...

Había una vez una chica que tenía ilusiones… Una cagada las ilusiones, pero la chica, que era tan chica, todavía no sabía que las ilusiones eran una cagada. Pobre la chica… Si ella hubiera sabido que la vida y el destino juegan con la gente de la manera que lo hacen, a lo mejor, quién sabe, hubiera dejado de tener ilusiones. Y se hubiera evitado las desilusiones. Y se hubiera ahorrado la angustia. Pero las personas no pueden ver el futuro… Y la chica, aunque ya estuviera en camino de morir de adentro, todavía era una persona. Ojalá alguien pudiera ver su futuro… Pero si alguien pudiera ver su futuro, dejaría de intentar. Y uno no puede dejar de intentar, porque si los pronósticos no son acertados, a lo mejor, quién sabe, se puede llegar a la otra orilla… la de las ilusiones concretadas. Yo no creo que exista la otra orilla. Pero no estamos hablando de mí, sino de esa chica, tan chica, que todavía podía creer en que los sueños se le hacen realidad a la gente común. Bueno, algunos sueños si. Pero no todos. Se hacen realidad los sueños que tienen que ver con cosas. Los que tienen que ver con trabajo. Los que tienen que ver con materia. Pero los otros, los que sueñan las personas que todavía no saben que las ilusiones son una cagada… esos jamás se cumplen. La chica todavía tenía ilusiones, de colores claros, con perfume a jazmines, y tan suaves que uno podía acariciarlas sin siquiera notar que sus dedos las rozaban. Porque a las ilusiones uno solamente puede rozarlas, nunca alcanzarlas. Debe ser por eso que dejan ese sabor a derrota cuando definitivamente se alejan de uno para salir a engañar a algún otro chico cuando uno se va haciendo grande y desconfiado. Pero el chico que una vez fuimos nunca se va del todo. Vuelve siempre a jugar un poco con nosotros, y a veces es un poco cruel, como todos los chicos, y nos araña el alma haciéndonos creer que algunas cosas de chicos pueden ser para nosotros ahora que somos grandes. Y nosotros, que a veces nos distraemos, le creemos y nos ponemos a jugar un ratito con él. Pero siempre nos gana la vida de adultos y descubrimos que hay que dejar ir definitivamente las cosas de chicos. Esta chica, sin embargo, fue creciendo y fue haciéndose adulta con las ilusiones intactas. Nadie sabe eso, pero ella atesora en un rinconcito del corazón todos los sueños que tenía cuando era tan pero tan chiquita. Guarda la ansiedad del primer día de escuela y la ilusión que la acompaña es la de volver a casa de la mano de mamá, sin haber pasado por esa otra casa donde le quitaron el mejor pedazo de infancia. También lleva prendida en el alma la imagen del príncipe que acompañaba a Blanca Nieves en las figuritas aterciopeladas que mamá casi no la dejaba tocar para que no se estropearan. Guarda, como si fueran de oro, el primer boletín y el último guardapolvo, firmado, gastado, demasiado corto. Tiene guardadas las fotos en blanco y negro. Las que le sacaron y las que nunca se sacó, y en éstas últimas están todos los que hubiera querido tener cerca cuando todavía usaba esas minis, tan demasiado cortas como el guardapolvo firmado. Y las cosas a veces se le mezclan… porque ella sabe que las ilusiones intactas de cuando todavía era chica solo pueden vivir escondidas, y que no tienen nada que ver con la otra parte de ella que la gente puede ver. Todo lo del cofre es muy tierno, muy frágil… tanto que se quiebra por nada, y al quebrarse sangra como cuando uno se cae jugando al elástico y la rodilla se golpea con las baldosas de la vereda de la casa de la niñez. Pero ya no está mamá… Y cuando uno sangra y la mamá no está más para decirnos que no es nada, uno no sabe que no es nada. Entonces el alma se hace agua y sale como catarata por los ojos… Hay que llorar hasta que ya no queden lágrimas… decía la vieja… pero las lágrimas pareciera que nunca se acaban, y a la adulta en que se convirtió la chica le da mucha vergüenza caerse porque ahora es grande y todos la ven, y la gente se ríe cuando una señora grande se cae y se lastima. Después dicen que los únicos crueles son los chicos… Ja! A mí me parece que es un poco ahí cuando las personas grandes empiezan a dejar ir las ilusiones que todavía les quedan. Cuando por fin abren el cofre de los tesoros y los dejan salir para que vayan a llenar los cofres de los que todavía tienen la posibilidad de creer en cuentos, en príncipes, en sueños blancos y calentitos. Pero esta chica ahora adulta cada tanto tenía la costumbre de volver al cofre a revisar para ver si por algún descuido alguna ilusión se había quedado trabada en algún rincón. Y cada tanto encontraba una… Esos eran los mejores días, los más soleados, los más lindos de todos los días de su vida. Abrazaba la ilusión medio maltrecha, la curaba de los rasguños y de la soledad que tenía y la cuidaba por un tiempo, mientras la iba alimentando como se alimenta a los hijos chiquitos. La ilusión entonces, contenta de que alguien la mimara, se portaba bien por un tiempo. Pero era solo por un tiempo. Porque las ilusiones y los sueños, se cansan de tener dueños que se ilusionen y sueñen mucho, porque las ahogan entre tanto abrazo y mimo. Entonces se van, y esta vez no vuelven al cofre… Se van para siempre detrás de alguien que no las manosee tanto, que casi no crea en ellas, a jugar el juego de entrar en el alma para después salir dejando un vacío tan enorme y triste que obligue a sus dueños a darse cuenta que las que mandan son ellas y que nunca, pero nunca, uno debe creerse dueño de nada, ni de sus propios sueños. Entonces uno se queda con lo otro. Si tiene suerte, puede quedarse con mucha gente alrededor. Palmaditas en la espalda, dinero, poder, cosas... de ésas que no llenan nada pero que parece que si. Después, cuando uno llega a viejito, si tiene suerte, y ve que llega la hora de tomar el último tren, otra vez las recuerda, claro que si. Entonces se pregunta qué hizo cuando las tenía y descubre que no hizo nada, o casi nada, porque de haber hecho lo necesario ellas no se hubieran ido sino que hubieran crecido. Las ilusiones, cuando crecen, todos lo saben, se convierten en realidades, y las realidades sí que pueden quedarse, pegadas al ahora, al adulto, y también al pedacito de chico que una vez fuimos. Yo todavía no aprendí a hacer eso… Y creo que la chica tampoco… Pobrecitas nosotras dos…

... qué triste es despedir a las ilusiones cuando uno tanto las necesita…
Sil