Aprender a Volar...
… Un día, cuando yo era muy chiquita, escribí en mi mente una palabra. Digo que la escribí en mi mente porque a escribir, lo que se dice escribir de verdad, todavía no había aprendido, pero mi mente, eso no lo sabía. Aquella palabra que escribí era más una sensación que otra cosa. No tenía más que el valor de lo que significaba, y no sabía yo por aquel entonces que de ese, su significado, se podía desprender tanto. Yo no pensaba en esa palabra, sino que hacía lo que ella decía. Por las noches, cuando las luces se apagaban… mis amigos imaginarios, muchos de ellos personas reales que veía a diario, me acompañaban y manteníamos diálogos en los que nos contábamos cosas. Cosas de las lindas, y también cosas de las feas… de ésas que duelen. Cuando el sol se encendía, lo mismo. En algún rincón de aquella vieja casa en la que vivíamos con mi familia, yo me hacía más chiquitita todavía y seguía haciendo lo que mi palabra quería que hiciera. Era lindo obedecerle, y cuando no lo hacía me parecía que me faltaba algo, que algo no estaba completo… Así que, queriendo o sin querer, siempre, hasta hoy que no soy chiquitita y ya no tengo tanto tiempo, sigo intentando rescatar un momento para hacer lo que mi vieja palabra dice. En esos momentos, robados a las responsabilidades o al descanso de la persona grande en la que me convertí, es cuando mejor me siento. Me reúno con mis hijos y juntos intentamos hacer lo que mi linda palabra nos enseñó. Porque ellos también la escribieron en su mente cuando todavía ni sabían como agarrar bien el lápiz. Después, más tarde, cuando duermen casi todos y casi todo, la nena que una vez fui regresa y vuelve a conversar con sus imaginarios amigos. Pero… Pero, siempre hay un pero, ahora la nena creció y sabe escribir. Entonces, como sabe o como puede, cierra un poquito los ojos y en un papel cualquiera sigue haciendo lo que su amada palabra le indica y dibuja más que escribe lo que sus sueños le dictan. Yo no hice muchas de las cosas que me hubiera gustado hacer. No llegué a la luna, no conozco Grecia, la tierra de Sócrates. No fui la princesa de ningún cuento. Tampoco pude evitar las ganas de llorar, ni puedo borrar del mundo las cosas que duelen como espina en el zapato... Es tanto lo que no puedo, que a veces me da cosita en la panza y me dan ganas de no hacer más lo que dice mi palabra querida. Pero no puedo fallarle ahora, porque me acompañó tanto tiempo que ya no sabría cómo seguir sin ella. Entonces, medio de prepo, medio a empujones, empuño el lápiz de nuevo y sobre un papel cualquiera escribo todo aquello que antes solo decía en voz muy baja. Yo sé que mi bella palabra está feliz por eso, y sé también que puedo ser un poco más feliz mientras no me olvide de hacer lo que ella me enseñó que hiciera hace ya tanto tiempo. Ya se habrán dado cuenta cuál es mi palabra… Es la única que nos permite, a todos, ser lo que siempre quisimos ser. Y aún cuando la vida nos diga que no se puede, que es demasiado difícil, que no vale la pena el esfuerzo, ella se empeña y nos convence que eso no es cierto… En nuestros sueños, en nuestra alma, siempre podremos hacer lo que mi amada palabra dice, porque… … siempre, pero siempre, tendremos la capacidad de VOLAR. Sil
