Este año ha sido fructífero en lo que a adioses eternos se refiere. Demasiado para mi gusto.
Y si bien es cierto que no me ha tocado despedir a ningún familiar o amigo cercano, también lo es que los que han debido hacerlo, son personas que quiero con el alma, a las que espero no ofender con lo que acto seguido escribiré, ya que más allá del dolor que ocasionan las pérdidas y posterior ausencia de nuestros amores, nadie es capaz de sufrir y angustiarse el cien por ciento del tiempo, ni aunque en un absurdo arresto de autoflagelación lo intente con todas las ganas de las que es capaz.
Siendo así, me atreví a rescatar lo más significativo, a mi juicio, de las conductas que todos, los dolientes y quienes los acompañamos, observamos en tan lamentables circunstancias.
En primer lugar, la noticia.
Nunca es agradable avisar a los que nos aprecian, que hemos sufrido una pérdida. Algunos lo hacen con la mayor naturalidad, otros presos de la más infinita desesperación, algunos incluso, ni avisamos… Total, siempre hay alguien que se ocupa de eso, y convengamos que en todo pueblo que se precie, la oportunidad de asistir a un evento de esas características es algo que uno no se guarda para sí mismo, sino que tiene que compartirlo, armar grupete.
En el caso de no poder, ya porque el sobreviviente no pertenece a nuestro grupo de influencia, ya porque no hay nadie suficientemente comprometido con el dolor del supérstite con el que tengamos confianza para amontonarnos, acudimos solos, previo autoexamen, en el que pondremos especial empeño en nuestro aseo personal (no está bien visto oler a camello, ya que va de suyo que deberemos saludar con al menos un abrazo al que pretendemos consolar y sus acompañantes más cercanos).
Por ello, una vez que hicimos correr la voz de lo sucedido, nos abocamos a la tarea de arreglarnos, como parte de un ritual que involucra y casi representa tanto el empeño que ponemos en estar a la altura de las circunstancias, como nuestro respeto por la muerte y todo lo que significa.
Y allá vamos.
Si tenemos nuestro propio auto, pasamos a buscar a los que estén en inferioridad de condiciones. Si no lo tenemos, hay dos posibilidades. O vamos con quien sí lo tenga, o nos tomamos un taxi, lo que nos dará la oportunidad de informar a otra persona de la naturaleza de nuestra salida. Dado que mi ciudad (Bahía Blanca) es cuasi una aldea, es posible que el conductor tenga amigos o parientes en común con al menos la mitad de los probables asistentes, con lo que se engrosan las posibilidades de que haga él también correr la noticia, y el velorio, por efecto del boca a boca, se convierta en un éxito de dimensiones insospechadas.
La llegada.
No suele ser demasiado cómodo el momento del arribo a la sala mortuoria. Ni solo, ni acompañado, uno se libera de la sensación de no saber a ciencia cierta a quién debe saludar y a quién puede hacer como que no ve, porque no siempre el evento es del tipo familiar, o de los que involucran a un reducido círculo de amistades, ése en el que todos nos conocemos y casi no hacen falta las formalidades.
A veces, las más, nos encontramos en el lugar porque somos amigos/conocidos de solo algunas de las personas que allí se encuentran, pero tenemos el más absoluto desconocimiento del resto de los desconsolados que lloran en la capilla ardiente.
Para esos casos conviene utilizar una estrategia de simulación, en la que nos fingimos apabullados y hasta desorientados, sin casi poder reconocer a nadie por la angustia. Parte de eso será cierto, ya que no podemos reconocer a quien previamente no hemos conocido, y ciertamente no será éste el momento de las presentaciones… O no debería.
Pero como algunos no pierden jamás esa cualidad que los hace anfitriones perfectos de tiempo completo, si nos detenemos demasiado en torno del fallecido, corremos el peligro cierto de que alguna tía o vecina comedida, se aboque a la tarea que presentarnos a todos los que allí se encuentran, actuando casi como una guía de turismo en las cámaras mortuorias de las Pirámides de Egipto. Llegado ese momento, estamos perdidos.
Tendremos que besar, abrazar, consolar, y lagrimear a dúo con no menos que doce o quince personas que jamás hemos visto y a las que juraremos nunca haber visto si nos las cruzamos en la calle dos días después.
Pasada esta instancia, nos retiramos reculando, sin dar la espalda al cajón hasta que estemos en la estancia contigua, y tratamos de acoplarnos a alguna conversación en curso, en voz baja, con el grupo de personas que nos sean más afines, si es que no estamos en un velorio en el que haya suficientes amigos como para dedicarnos a comentar en voz baja sobre lo sorpresivo o doloroso que lo que sucede debe ser para los deudos.
Las últimas consideraciones vertidas por el finado suelen ser motivo de exclamaciones ahogadas, así como sus expresiones de dolor y estertores, máxime si fueron presenciados por alguno de los que allí se encuentran, que se posicionará frente al resto como una especie de pseudo-protagonista que aprovechará al máximo sus quince segundos de fama, para luego cerrar la boca con una expresión de “qué me cuentan? No somos nada”.
Se deberá tener especial precaución de no comenzar aún con chascarrillos o emitir algún comentario gracioso en respuesta a la observación que nunca falta sobre el semblante del muerto, ya que se sabe que seguramente la mitad más uno de los presentes no podrá evitar la carcajada y eso tampoco está bien visto durante las primeras dos horas de estadía en la sala.
En todo momento, y desde cualquier punto en el que nos encontremos ubicados, estaremos atentos a la puerta de entrada saludando con una inclinación de cabeza a los que vayan llegando y, nobleza obliga, una vez a salvo de sus oídos, procederemos a instalar como tema principal su aspecto general y los pormenores de su vida privada, que siempre alguien conoce. Si hay cirugías estéticas o cuernos, mejor todavía, porque ello nos llevará inevitablemente a citar analogías con otras personas que aún cuando no se hallen presentes, servirán al fin principal del momento, que es el de evitar que el espíritu decaiga y comencemos a cabecear y/o babear en medio del sopor antes de lo debido.
Transcurridas las primeras horas, hasta el más macho afloja y la tensión de los primeros momentos se relaja lo suficiente como para ceder paso a una distensión parecida a la que sentimos en el living de casa y comienza una suerte de competencia de humoristas en la que hasta los más troncos se lucen, porque a lo mejor el compromiso no es grande, pero también porque la muerte, desde siempre, tiene su propia forma de instalarse en el ánimo de quien está en su presencia, claro está, si el que se muere no es uno.
Entonces, como para enrostrarle a la muy pérfida que esta vez zafamos, le hacemos pito catalán y le mostramos una risa que dice “me importás un carajo siempre que no me toques, yegua!”.
Siguiendo con el itinerario, llegamos, como ya dijimos, a una lógica distensión que no por desprolija deja de ajustarse a las normas generales de conducta para este tipo de evento, normas éstas que permiten que el mecanismo de autodefensa contra la angustia siga funcionando y no caigamos sumidos en la más completa depresión al recordar que todos, sin excepción, seremos los verdaderos protagonistas de algo similar algún día.
Unas horas después, pongamos por ejemplo, las dos de la madrugada, ya somos todos de la misma banda y tenemos que hacer enormes esfuerzos por mantener el volumen de las voces dentro de los límites que dictan la educación y las buenas costumbres. Los que éramos amigos antes de llegar, somos mucho más amigos. Y los otros, los que se acoplaron siendo simples conocidos, participan como si siempre hubieran sido de la partida. Compartimos los cigarrillos y empezamos a pasar direcciones de e-mail con nuevos conocidos a los que jamás después de esa noche, le enviaremos un correo.
En los sillones del recinto más amplio de la sala, a la entrada, están los parientes más añejos, los más estructurados, los que a veces esperan casi con ansiedad estas oportunidades para ganarse un espacio en la vida de los demás porque, quién sabe, sus propias vidas no tienen ni siquiera una pizca de sal para condimentar sus días. O a lo mejor no, y se quedan ahí simplemente porque es una forma como cualquier otra de rendir culto a lo que creen que queda de la persona que ya no está (ellos no lo saben aún). O a lo mejor se han educado pensando que permanecer, siempre permanecer, es la manera de demostrar que uno está…
Los demás, los irreverentes, nos sumergimos en las alas de la noche y hacemos lo imposible por amenizar las largas horas por venir.
Como ya dije, en esas oportunidades cualquier motivo es bueno para dejar volar la lengua, y al tiempo que el que está más cerca de la pava la vuelve a llenar y prende el fuego, la conversación deviene en un humor ácido, loco y tan insolente como desubicado.
No falta quien haga alusión a anécdotas protagonizadas por el muerto, cosa que lo enaltece, ni quien en el fragor de las confesiones satíricas, cuente con todo lujo de detalles la vez en que confundido bailó una hora de lentos con un travesti.
Los separados hablarán pestes de sus ex esposos/as, siempre que esas pestes lo/la ridiculicen al punto tal que la carcajada general genere un chistido al unísono de todos los que se hallan al otro lado de la puerta que, dicho sea de paso, está cerrada para no ahogar al resto de la concurrencia en las nubes de humo que inundan la cocina.
Uno de los temas favoritos en estos casos es también el destino que tendrá el viudo/viuda, en el caso que lo hubiera.
Si el supérstite es mayor de edad, se lanzará uno a tratar de vislumbrar su futuro, aludiendo a algunos de sus pares que pasados los primeros tiempos de duelo agonizante, tímidamente primero y con toda osadía después, se arrojaron, casi literalmente a “vivir la vida loca”.
En el caso de que pertenezcan a la tercera edad, opinan algunos, deberá incursionar en cuanto baile de jubilados se organice, sin dejar de mostrar, aunque más no sea en las primeras apariciones, ese halo de desprotección que no debe faltarle a todo recién enviudado que se precie.
En el caso de personas que se hallen en su período de joven madurez o franca juventud, el duelo es una oportunidad de captar la atención de personas del sexo opuesto, posibles empleadores, etc.
Otra posibilidad, muy comúnmente aceptada y cultivada, es la de contar (por millonésima vez) las mejores anécdotas de los integrantes de la charla, si involucra a más de uno de los presentes, mucho mejor, porque el otro irá agregando detalles de su cosecha, enriqueciendo y dinamizando ostensiblemente el relato.
Todas estas posibilidades y muchas más son las que se siguen barajando en la cocina de la sala mortuoria conforme van pasando las horas y el cansancio se hace carne.
Sobre las cinco de la mañana se impone una salida.
La banda se encamina cuanto menos a la vereda, donde el aire infunde un ánimo renovado a las ganas de ponerle onda al momento, y vuelven a estallar las risas generadas por el comentario obligado sobre lo desvencijados que se encuentran los asistentes de mayor edad que duermen medio sentados, la cara de cadáver que tiene el mayordomo, o lo bien que le sientan la renguera y los bigotes a la hermana política del muerto.
En estos tiempos, y cediendo el paso a una modernidad que nos quita un poco de lo latino que todos llevamos dentro, cada vez con mayor frecuencia se procede a cerrar las puertas del velorio, previa evacuación casi general del mismo (casi, porque el muerto se queda).
Es una costumbre que refleja que maduramos, creo yo, porque vamos aprendiendo que no despedimos más ni mejor a nadie porque nos quedemos a dormir al lado, o en la otra pieza, y mucho menos si el que acompañamos es un finado y poco o nada le importa cuántos ni quiénes se contracturen en su determinación de no abandonarlo.
Pero muchos aún cultivan la vieja usanza de velar al partiente durante todo el tiempo previo al entierro, y por ellos es que el grupete permanece allí, estoicamente a veces, engrosando las filas de los sufrientes.
Las charlas siguen, y la calma se va cerniendo sobre los presentes hasta que sobre las ocho de la mañana, hora en que comienza a llegar gente madrugadora a presentar sus condolencias, la totalidad de los insurgentes se encuentra apelotonada y roncando en sillones o cualquier otro lugar donde se pueda apoyar, al menos, una parte del entumecido cuerpo.
Este espectáculo es el que presencian los lozanos visitantes mañaneros cuando arriban al evento y emiten comentarios del orden de “mirá… pobres, se quedaron toda la noche acompañando… éstos sí que son amigos…”, sin saber que en realidad, en la mayoría de los casos, y a pesar de las carcajadas nocturnas, la verdad es esa… Que de la manera que sea y a como de lugar, guardando o no las formas, uno nunca deja solos a quienes quiere.
A las nueve y treinta de la mañana, a media hora de la programada para el sepelio, todo el mundo se encuentra ya despierto y en sus puestos. Es la hora de la despedida, del cierre definitivo, del adiós…
Sería inútil intentar restarle solemnidad y emotividad al momento, porque a todos, sin excepción, nos contagia esa cosa de desesperación por la despedida final.
Los sufrientes sufren más y los demás, los que acompañamos, les damos lo que podemos, que son el abrazo y la caricia del alma, ya sin risas y tratando de ocultar la lágrima que nos da vergüenza porque creemos, es el derecho exclusivo de quienes van a extrañar al difunto en sus vidas de todos los días.
Yo no se qué está bien y qué está mal en los velorios… Yo no se qué está bien o mal en casi ninguna circunstancia de características parecidas… Pero lo que si se, es que cada uno se arrima a los que aprecia o quiere de la manera en la que cree que sirve mejor al otro, y la intención es lo que marca la diferencia, porque la intención, cuando es buena, deja un espacio en el que se pueden perdonar las formas, consientes en todo momento de que el fondo indica la verdad de la milanesa.
Y en el fondo sabemos que salvo un loco de remate o un estúpido, nadie se pasa más de una hora por compromiso en un lugar en el que no quiere estar y con personas que no le importan.
Esto es lo que pienso...
Algunos consejos para no desentonar en un velorio:
1) Acudir, sin excepción alguna, a cualquier velorio al que uno haya sido invitado por un familiar directo del occiso o por alguna otra persona instruida por éste a tal efecto.
2) Leer, también sin excepción, todos y cada uno de los pétalos de vida (tarjetas que los amigos/conocidos hacen llegar a los deudos como muestra de condolencia), emitiendo pocos comentarios e instruyendo al que estuviera al lado sobre quién es quién (no incluir apreciaciones personales o juicios de valor).
3) También leer las fajas de las coronas, si las hubiera, evitando que el resto escuche sus observaciones sobre lo económico de las mismas y/o cualquier otro comentario peyorativo.
4) No decir ni pío, por lo menos hasta que llegue el momento del mate y las humoradas, sobre la inclusión de alguna persona que figure en el ítem correspondiente a “hijos políticos” publicado en el diario, cuando sabemos que el divorcio/separación del hijo legítimo y esa persona ocurrió en la década anterior.
5) Jamás, bajo ninguna circunstancia, ni por equivocación, saludaremos a los deudos con un “hola, como andás?”. Anda pésimo, horriblemente mal, y no necesitamos que nos lo diga.
6) No se levantará la voz, nunca, salvo en el exclusivo caso en que ocurra una catástrofe y alguien caiga desmayado sobre el cajón abierto, lo que ocasionará que el muerto ruede por los suelos. Si así sucediera, no solo gritaremos, sino que está permitido salir corriendo y ocultarse para largar la carcajada, luego de lo cual volveremos al recinto con los ojos llorosos. Todos interpretarán que estamos tan impresionados que hasta las lágrimas nos caen y estaremos a salvo de recriminaciones.
7) No acudiremos vestidos con shorts, musculosas ni vestimenta alguna que deje al descubierto las tiras de la malla (para las mujeres), ni en malla (los hombres).
8) Los escotes pronunciados, faldas cortas, y pintarse como puertas, no quedan bien en los velorios, no importa a qué se dedique uno. Hasta el yiro más mentado debe parecer alguien decente en presencia de la muerte.
9) Por mucho que lo deseemos, no perdamos la compostura y no caigamos en el humor fácil de hacer imitaciones chabacanas de gases cuando vemos que alguna anciana está pronta a sonarse la nariz. Se puede ser gracioso sin caer en la idiotez.
10) Aunque parezca de más, no viene mal recordar que un velorio no es el momento más apropiado para reclamarle la cuota de alimentos al ex-marido, si éste concurriera y nos lo encontramos. No faltará oportunidad de que pueda hostigar al fucking moroso pero, en serio, no es justamente esa.
11) En ningún caso deberá relatar, por celular y a viva voz, los pormenores del deceso del fallecido, y mucho menos agregando “se lo merecía, el muy sorete”. No afloje aunque su interlocutor insista, ya que al terminar la charla habrá ganado muchos enemigos.
12) Si el supérstite no era fiel al muerto o viceversa, créame, tampoco es ese el momento de recordarlo y mucho menos de compartirlo. Si sus comentarios llegaran a ser oídos por el damnificado que sigue vivo, podría emprenderla a trompadas contra Ud. y muchos de los allí presentes se verían obligados a intervenir, desatándose así una batalla de dimensiones dantescas.
13) Si tiene hambre, coma, pero en su casa, en la de alguno que viva cerca, en la vereda, pero no se compre un completo de milanesa para comer en el velorio. No es necesario mostrar al mundo que es un ordinario y mucho menos instigar a otros a serlo al grito de “pido empanadas y birra, quién se prende??.
14) Si decide no quedarse a pasar la noche con los demás, en ningún caso se pondrá de pié y dirá al resto que le duelen las patas, ni que se va porque el muerto no querría que todos se quedaran allí, incómodos, por su culpa. Hágase responsable del abandono del lugar. Usted no es vidente, y no sabe lo que quiere el muerto, ya que los muertos tienen esa absurda costumbre de no comentarle a nadie lo que quieren o dejan de querer.
15) Si el fallecido fue en vida alguien no demasiado amado, aún cuando se lo mereciera, no se aprovechará la oportunidad para recordar sus peores defectos, ni para explayarse sobre el hecho de cuánto se merecía morir, ni para lamentarse de que no hubiera sufrido un poco más.
16) Por último, en el caso de que la fallecida fuera yo misma, nunca, jamás, en ningún caso, deberá darse otro destino a mi cuerpo que el de la cremación y posterior riegue de mis cenizas en algún lugar romántico (el mar sería mi lugar preferido). De no hacerlo así, asegúrense de enterrarme boca abajo, por razones que todos Uds. podrán deducir.
Nota: A quien corresponda.
No es que subestime a nadie, pero al que le toque desparramar mis cenizas, recuerde no hacerlo con el viento en contra. Detestaría que mis restos terminaran siendo evacuados en el último centrifugado de lavarropas del que se encargue de cumplir mi última voluntad.
Ya se lo que están pensando.
Yo también creo que voy a infierno en picada vertiginosa y sin escalas.
Sil