jueves, 5 de julio de 2007

A esta Argentina nuestra no le llega agua al tanque…

Hoy, para variar, me puse a pensar… Dos temas se me mezclan en la cabeza (además de los dos millones que normalmente me dan vueltas): El primero tiene que ver con el Servicio de Pediatría del Hospital Interzonal General de Agudos Dr. José Penna de mi Bahía Blanca. Hace años que por razones de trabajo concurro a ese hospital, público y gratuito, y les aseguro (es también público, gratuito y fácil de comprobar) que la calidad de los profesionales que allí trabajan es, por no ser chupamedias, todo lo que se espera y más. Utilizan además equipamiento e insumos de primera calidad y confiabilidad y se matan por brindar un servicio que es la envidia de cualquier sanatorio privado. Eso es lo que pienso al respecto. El segundo tema también tiene que ver con ese hospital, pero puntualmente con un médico pediatra que fue sorprendido fumando marihuana mientras estaba cumpliendo una guardia. Así de una lo dije… Los medios, que reflejan gran parte de lo que somos los ciudadanos que los consumimos, se lanzaron al cuello del médico como corresponde a cualquier sociedad acostumbrada a tirarle caca a todo lo que se mueva cada vez que se puede. El diario local lo puso en primera plana, y otros se fueron sumando. Hasta los medios digitales levantaron la buena nueva y la publicaron, escupiendo sabios comentarios llenos de una moral que casi pondría las manos en el fuego asegurando que muy pocos de ellos tienen. Algunos de ellos son: La Capital On Line, Los Andes On Line y algunos otros a los que yo definiría como “pasquinblogs” ya que basta leer sus presentaciones para tener una idea bastante aproximada de la calidad de lo que allí se expone. Estos son algunos ejemplos de lo livianito de cerebro que puede ser el hombre y de lo mucho que le gusta resaltar lo malo de los demás. Quién sabe... a lo mejor de esa forma se consiguen cinco o diez minutos de atención, cuando lo verdaderamente importante es la cantidad de niñosatendidos y a veces salvados por Pérez, que comen menos de lo que merecen, que estudian menos de lo que merecen, que trabajan desde antes de la edad escolar, que consumen paco, en fin... se mata al que vela por ellos cuando comete un error y no a quienes ponen a tantos niños en tal nivel de pobreza y desesperación. Yo no quiero ni me cabe el desafío de hablar sobre lo que está bien o mal, pero da la casualidad que por mi trabajo hace años que concurro al Hospital Penna y uno de los servicios que merece ser destacado por todos es, sin lugar a dudas, el de Pediatría. Tanto los médicos como las enfermeras que allí trabajan en la sala como en el sector de terapia pediátrica, son personas que merecen ser considerados como lo mejor. Si son buenos profesionales, es su deber. Pero lo que no es su deber, ni se les puede exigir como obligación, es que comprometan sus horas de descanso en su hogar ni su propia salud. Bueno, acá está lo significativo: Para todo el que quiera saberlo, es más frecuente de lo que la gente cree que vea a los médicos de pediatría en el servicio varias horas después de haber concluido su horario de trabajo, incluso por las noches, visitando a “sus” pequeños pacientes y entregando todo de lo que son capaces por hacer menos penosa la vida de esos chicos que deberían crecer agradecidos por ser destinatarios de tal dedicación. Cuando el horario de trabajo diario termina, la gente común cierra el escritorio, apaga su pc, o hace lo necesario para dar por concluida la jornada y se retira sin más a disfrutar de su tiempo de descanso. ¿Alguna vez alguien leyó un solo reconocimiento o mención a los médicos que no respetan ni siquiera SU propio horario de descanso, trabajando más horas de las posibles, matándose por atender a quienes lo necesitan? Yo no he leído nada sobre eso. Es más, he visto con mis propios ojos la manera en que trabaja el Doctor en cuestión, y se positivamente de su absoluta vocación y amor por lo que hace. Una vida de servicio y de ser GENTE, no debería poder arruinarse por un error, error cometido en perjuicio de su propia persona más que de la de nadie, siempre, claro, que tal hecho sea tal y como lo "pintaron" los medios. Si no supiera de qué hablo, me callaría, pero no es el caso. Yo digo… ¿No podremos alguna vez dar una mano y comprender que el que está enfrente tiene tanto de perfecto como uno mismo? Yo no creo, y reitero, no creo que este hecho obedezca a una tara personal de este Señor, ni a una costumbre de hacer lo que se le ocurra donde sea, sino más bien que es una respuesta a algo que está sucediendo en nuestra sociedad y que preferimos ignorar. Muchos diran: “si estaba cansado, por qué no se excusó y se fue a su casa?”, y seguramente son los mismos que dicen que una mujer golpeada es culpable porque se queda con el golpeador, o que una mujer violada algo de culpa tiene por no haber tomado los recaudos necesarios para cuidarse. A veces, más de las que quisiéramos, la gente es solo gente, seres humanos que hacemos lo que podemos por vivir. No es fácil. Si todos cometemos errores, a qué viene tanto grito y moralidad de pacotilla? Cuántos de los que condenan hoy a este excelente profesional que cometió un error entre tantos y tantos aciertos, no han agilizado un trámite a base de un kilito de masas, o han “conseguido” borrar una multa llamando al amigo que tiene un amigo que tiene un cuñado en tal o cual punto neurálgico del sistema? Por favor, a ver si dejamos de ser tan estúpidamente argentos y empezamos a condenar lo que hay que condenar y a apoyar a quienes haciendo mucho por los demás y en el fragor de la lucha, bajan la guardia y se equivocan. Pero el Dr. Pérez, lamentablemente, paga el precio de lo que somos. Y los chicos que lo necesitan y que tendrían el privilegio de ser atendidos por él, hoy ya no lo tienen. Ah… y otra cosita, así como al pasar: Muerto el perro, se acabó la rabia? Bahía Blanca, la nueva Salem del subdesarrollo. Bien por nosotros!! PD.: Nótese, apréciese, dese por descontado que no apruebo las drogas, de ninguna clase, y que si veo un porro de verdad a menos de dos metros salgo corriendo. Soy una persona bastante retrógrada pero no quiero ser una bastarda que haga leña del árbol caído. Mis viejos me enseñaron que eso es tan inmundo como no respetar a los respetables, con sus aciertos y también con sus errores. En lo personal, sería un honor que el Dr. Pérez fuera el pediatra de mis hijos. Eso es lo que pienso… Sil

jueves, 28 de junio de 2007

No tengo nada en contra de la ojota.

Hace un tiempo descubrí una verdad grande como una casa: soy una ojota. En esta carrera loca de vivir en la que mi mamá me anotó cuando yo no tenía capacidad legal (ni de ninguna clase) para decidir, a mí me tocó ser el calzado que nadie en su sano juicio usaría para realizar ninguna actividad física. Ni siquiera soy una mala deportista. Ni ahí!!! Soy como una cantimplora pinchada, o un par de medias tubulares, de esas que se te arrugan cuando caminaste cinco metros y medio y te provocan una ampolla del tamaño del agujero de ozono. No pego ni con cola en este nuevo mundo en el que la gente hace deportes como a los seis iba a la escuela o a los dieciocho a la colimba. De hecho, creo que soy el último bastión de la inutilidad deportiva del siglo XXI. A qué viene todo esto, dirán algunos. Paso a explicar. Nunca me ha desvelado la certeza de mi propia incapacidad física para realizar cualquier tipo de deportes, ya no de riesgo, no hay que llegar tan lejos. Yo no puedo jugar, de una forma que se aproxime siquiera a la dignidad, ni al monito (el monito, acordate, ese juego en que un salame va al medio y los demás lo rodean tirándose unos a otros una pelota hasta que el salame la agarra y el que se la dejó agarrar pasa al centro a tomar su lugar), porque hasta cuando jugábamos a eso, todos, sin excepción, se aburrían a morir, ya que salvo por una rara jugarreta del destino, cuando me tocaba ir al medio no había dios que me quitara el puesto!!!! Claro que no siempre que participaba de alguna actividad física grupal sobrevenía el aburrimiento… algunas veces era disgusto, malhumor, y hasta el odio más extremo de todos hacia mi persona. En el caso del juego antes mencionado, la modalidad es de todos contra todos, y cada uno juega para sí mismo, sin compañeros a los que responder en caso de no hacer las cosas como se debe. Pero hay otros juegos y deportes, maquiavélicos, en los que los participantes se agrupan en equipos que compiten entre sí por algún premio (trofeo, o similar) o castigo (el que pierde paga la birra!!!), y era justamente en esta categoría en la que me destacaba. La humillación empezaba de arranque nomás. Para armar los equipos de manera más o menos equitativa se utilizaba el método que persiste hasta nuestros días en situaciones similares, a saber: dos de los chicos/chicas (generalmente los más hábiles del grupo, los cracks) se enfrentan y comienzan a elegir, por turnos y de a uno, a los amigos que formarán parte de su equipo, por grado de habilidad, y obviamente, en orden decreciente. Cuando los mejores ya estaban alineados en las filas de uno u otro de los líderes empezaba el verdadero suplicio, ya que los niños, todos lo sabemos, son crueles por naturaleza… Los electores, en esas oportunidades oteaban de reojo para mi lado y acto seguido elegían sin casi mirar a cualquier cosa que se moviera y que no fuera yo. Así hasta que se terminaban las opciones. Si los que nos habíamos reunido en el lugar redondeábamos un número impar, el suplicio era más leve: Me ponían de suplente, y se le advertía a todo integrante de mi equipo que si se lesionaba y yo tenía que entrar a reemplazarlo, tenía que pagar los caramelos para todos. Ahora, el problema venía cuando éramos número par de jugadores, porque los del otro equipo insistían en que ellos ponían a todos en la cancha, por lo cual la alternativa de mi equipo era: o poner uno menos, o ponerme a mí, que era mucho peor. Debo decir que fueron innumerables las veces que mi equipo jugó con uno menos. Ha habido otras alternativas como por ejemplo obligar al líder del equipo contrario a quedarse con el gordo Gómez, que usaba anteojos y pesaba setenta kilos a los nueve años, o a Marianita Márquez, que tenía una piernita más corta que la otra, pobrecita. Lamento decir, nobleza obliga, que cualquiera de los dos, realmente, se desenvolvía mejor que yo en casi cualquier cosa que se jugara. Y no empezaba el juego de fútbol (seeee, de fútbol), de básquet, de carrera de relevos, o de lo que cuernos fuera, sin las consabidas recomendaciones hacia mi persona que versaban más o menos siempre sobre lo mismo: “no te cruces”, “correte”, “no hables”, “ni se te ocurra tocar la pelota”, etc. Supongo que debían apreciar alguna de mis otras virtudes porque la mayoría de las veces, y a pesar de mi absoluta idiotez física, me incluían en los desafíos. Después me fui haciendo grande, y ya adolescente mi temor al papelón se fue transformando en un terror que me bañaba de un sudor frío que presagiaba el desastre cuando alguno de mis amigos o amigas emitía la frase fatal: “che, jugamos al voley??”. Creo que inventé más dolencias en mi tiempo libre que en todos mis años de escuela. Siempre tenía algo: Me dolía la muñeca, la pierna, la cabeza, se me corría el esmalte o me hacía la dormida, pero jugar… ni por equivocación. Igualmente por esos años, en Monte Hermoso, la ciudad costera en la que todos nos juntábamos en verano, se había armado una cancha de voley en la bajada de “Tiburoncitos” (muchos se deben acordar) y ahí, afortunadamente para mí, no jugaban más que los que sabían, generalmente varones. Esto era doblemente genial porque por un lado, no me veía obligada a pasear mi discapacidad por las narices de todos, y por el otro, podíamos contemplar a los chicos más lindos del momento luciéndose o reventándose contra el piso durante quince horas al día. Pero todo aquello ha quedado en el pasado y hoy por hoy soy plenamente consciente que mis habilidades físicas tienen que más que ver con otras cosas: puedo ir a un gimnasio y hacer las cosas medianamente bien, puedo bailar salsa, me encantaría bailar tango, y se que tengo cierta facilidad para todo ello. En cuanto a los deportes, tengo bien en claro que no son para mí, desde ningún punto de vista, y descubrí que me pasé media vida tratando de no parecer lo que realmente soy: una sufrida, cómoda, trajinada y finalmente asumida ojota hawaiana. Sil

Mal día…

Cuarenta y cinco, y en progreso. Años. Cuarenta y cinco años y en progreso. Cuarenta y cinco para cuarenta y seis diría mi abuela, y algunos acotarán que lo de “para cuarenta y seis” es sobreabundante, pero juro que hay días en que no estoy tan segura. ¿Y si no llego a mi próximo cumpleaños? Concretamente me pregunto si vale decir que “para cuarenta y seis” es una obviedad cuando nos sentimos tan condenadamente repodridos de cojudear molinos que al caer (porque nosotros siempre los volteamos) caen para nuestro lado, y nos dejan chatos como una sartén… (Te acordás: Ojalá que te pise un tren que te deje chato como una sartén) Sin duda estoy retrocediendo, si no cronológicamente, ciertamente lo hago intelectualmente. Podría conformarme el hecho de no hacerlo como algunas de mis congéneres que se visten de adolescentes y salen a pasear celulitis y arrugas por la vida como si jamás hubieran asistido al acto de egresados de secundaria de los hijos. Esas mismas que cuando la cajera de un supermercado les pregunta el número de documento para aprovechar el descuento “especial para asociados”, apenas lo murmuran, coloradas como una remolacha, porque ni estirándolo llega a los dieciocho millones. De cualquier modo, juro que admiro su autoestima. No es poca cosa creer que un par de lolas nuevas, adquiridas con el sudor de la frente de quien sea que las haya pagado, o un jean que sostenga lo insostenible, logran encubrir la verdad de la milanesa. Cuarenta y cinco y en progreso. Progreso de tiempo, de mañas, de fría aceptación o de amargas renuncias. Y progreso también de ganas de decir basta, a casi todo y a casi todos. Yo creo que llega un punto en la vida de las personas en el que tenemos tolerancia prácticamente nula a la mayoría de lo que sucede a nuestro alrededor, por lo menos a lo que antes tolerábamos y hasta disfrutábamos, y comienza una etapa en la que nos ponemos absoluta e insoportablemente selectivas. Paso a explicar. Antes, cuando era una persona normal, antes de mutar en esta especie de híbrido de poco aguante en el que me convertí, solía creer que la vida y sus circunstancias eran parte de un destino al que me sumaba como si no hubiera más remedio. Minga! Ahora ni siquiera dudo que no es destino de nadie elaborar diecisiete discursos por semana para que alguien entienda lo que se debe y lo que no se debe hacer. Una vez, solo una… Algún recordatorio escueto, tal vez, si hay ganas y tiempo. Pero no más que eso, porque más, es demasiado. Y como no adhiero a eso de que “lo que abunda no daña” en lo que a reiteración de explicaciones se refiere, cada vez que me engancho en una discusión bizantina sobre la importancia de ciertas cuestiones que para cualquier mortal con algo de cerebro son tan claras como el agua, me agoto de tal manera que miro las funerarias como miraría un oasis un tipo que se pasó los últimos doce años gateando por el desierto de Sahara. ¿Es tan loco lo que me pasa? Yo creo que no. Pasa que a lo mejor estoy repodrida, o que voy en camino de estarlo, o un poco de las dos cosas, no se, pero cada vez tengo menos aguante, y hablando con personas de mi generación me doy cuenta que coincidimos bastante en esto. Algunos decidieron dejar de darle bola a casi todo y dedicarse a dejar vivir como se debe. Algunos siguen peleándose por todo y con todos. Otros, entre los que me incluyo, hacemos lo que podemos, y a veces eso que podemos está demasiado teñido de lo que nos dejan. Ya se que muchos pensarán que el error es limitarse a achacar a otros nuestras propias desventuras y que esa es una forma fácil de no asumir la responsabilidad de nuestra propia vida… Y… si. A veces, unas pocas, algo de eso hay. La experiencia me dice que los planes, por muy bien que los tracemos, no siempre se concretan como esperamos. Será que el sabor a fracaso, por conocido, es una de las cosas que menos nos asusta. Al menos sabemos lo que debemos esperar, y conformarse con eso molesta un tiempo, hasta que la molestia se transforma en dolor, y después, como siempre, el sabor a nada. Entonces uno se pregunta qué hizo mal y se promete hasta el cansancio no volver a cometer los mismos errores, como si con eso se solucionara lo pasado o se pudiera prevenir lo que vendrá. Pero eso no es posible, gracias a Dios, no es posible. Porque lo hermoso de la vida es justamente la seguridad de no estar seguro de nada, sensación ésta que habla del esfuerzo constante por conseguir más y mejor de todo lo que en realidad vale. Nunca terminás de crecer, ni de enamorarte, ni de conocer a los hijos, ni de resucitar cual Ave Fénix de entre las cenizas de tu propia ruina. Siempre hay algo más, aunque a algunos nos importe menos que una ensalada de porotos de soja sin condimentar. Tal vez mañana descubramos que es la mejor comida del planeta, pero hoy, mal que nos pese, nos asquea solo de verla. Y bue… Un día malo, lo tiene cualquiera! Sil

martes, 5 de diciembre de 2006

Imaginar...

Hoy es uno de eso días... raritos, y navegando por quién sabe dónde encontré esto que sigue... "Imaginar es vencer, en la mente, la clausura de lo que las cosas son ahora. Es relativizar el ahora, es levantarse sobre lo inmediato; es, en cierto modo, rebelarse contra los puros datos para no sumarse a ellos. Porque una vez que la imaginación está presa, nada queda libre en el hombre. No en vano la propaganda (comercial, política, religiosa) procura sobre todo llenarnos de imágenes -ante todo con imágenes de lo que debe significar para nosotros la felicidad." Me parece el resumen de lo que me pasa a veces. Vencer en la mente la clausura de lo que las cosas son ahora, relativizar mi ahora, levantarme sobre lo inmediato... sobre este "mientras tanto" que a veces dura demasiado y confunde. Nunca me gustaron mucho los datos, en realidad no me gusta someterme a ellos... me dan sensación de ahogo y se me subleva el alma., aún sin yo quererlo. Mi mente tiene una rara y copiosa memoria, pero tan selectiva que me asusta a veces. Las imágenes impuestas no oradan la piedra de mi cerebro y así me quedo con mucho, pero descarto mucho más. No se graban por siempre los adioses, pero si los holas. Se me pierden las palabras de despedida pero quedan las de bienvenida. Los ausentes no son los que se han ido, sino los que yo he sacado de mi vida. Así es como sin querer me voy quedando con todo lo que amo, y parte de lo que odio a modo de lección de lo que nunca más será. No despido cuando digo adios con la mano, sino cuando arranco el pedazo de corazón donde se encontraba lo que abandono. Y sé que eso no vuelve a meterse en mi vida, salvo rozando superficies que no llegan a comprometer mi alma. A veces hago un clic, y vienen en torbellino todas las imágenes mezcladas, desde adentro y desde afuera... luchando por reubicarse... Cuando eso pasa es tiempo de callar, hacer el silencio más profundo y sólo oír la respiración de los recuerdos. Me permito volar más allá de mis sentires inmediatos y hay tenazas que lastiman, hay bebes que rien y otros que no alcanzaron a llorar... hay un amor que me imagino, que será o no... hay perdones y rencores, hay de ellos, de vos... pero hay tanto de mi que me duele. Extrañar es volver un poco sobre los pasos, recordar a ojos cerrados lo que tuve y ya no tengo, pero tambien es devolverlo un poco al presente. Es traerlo de nuevo, refrescarlo, dale vida y depurarlo hasta que ya no se extrañe porque volvió, aunque sea por un rato. No me gusta extrañar, necesito conmigo todo y más. Nunca es suficiente para mí. Es difícil conformarse con menos que eso... con menos que todo. Sil

sábado, 2 de diciembre de 2006

Tucas y algo más...

Hace unos días tuve la dicha de viajar a Capital Federal nuevamente. No hay lugar en el que uno se pueda sentir más vivo que ahí, sobre todo cuando se es oriundo de una pequeña ciudad del interior como mi ciudad de Bahía Blanca. En Capital todo es grande, todo es mucho, todo es lejos, todo es un amasijo de razas, idiomas, dialectos, modismos y americanismos de personas que llegan a esta tierra desde países cercanos y no tanto, con el mismo sueño de crecimiento que a lo mejor no ven tan claro en su propia tierra. Todo es, o todo parece, y mientras parezca siguen adelante con ese sueño prendido al alma, pateando de prepo las calles que a veces, solo a veces, se ponen tan duras como inhóspitas hasta para los que deberíamos sentirnos en nuestra propia casa. No siempre me pasa sentirme en casa cuando camino las calles de Buenos Aires, pero creo que como nos pasa a todos, eso no tiene que ver con la ciudad, sino el propio ánimo que nos lleva a estar en uno u otro lugar, con la finalidad del viaje, con las ganas que uno le ponga a la cosa. Yo tenía ganas, y le puse garra… Caminé como loca, hice trámites, molesté a mis amigos en vivo y por teléfono, charlé con todo lo que se me puso adelante, como siempre hago, y terminé en la Estación Constitución unas cuantas horas antes de lo que debería. Tenía que hacer tiempo y quería dos cosas. Tomar un cortado mediano (mediano, ni grande ni chico… me-dia-no) y fumar un cigarrillo. Pero las dos cosas a la vez. No tomar el café, primero, y salir a fumar a la calle, después. Es decir... Yo quería algo imposible en cualquier bar que cumpla con las leyes, ya que está prohibido fumar en lugares cerrados… En eso estaba y pensé que encontraría un barcito de las características que esperaba en los alrededores de la estación… Así es como salí en su busca… por la dirección equivocada. Sin darme cuenta cómo, aparecí en calle Lima, que yo no conocía, y barcitos había, si, pero me pareció que fumar un cigarrillo y tomar un café en el interior de cualquiera de ellos era poco menos que suicida, por lo que decidí volver al hall de la estación y tomarme un helado. No se parecía a lo que estaba buscando pero seguro el heladero no tendría tantas ganas de apuñalarme o hacerme conocer alguno de los pintorescos albergues transitorios que iba viendo mientras trataba de escapar de esa cuadra, donde pude apreciar infinidad de señoritas gordas en trajes de raso de vivos colores, y señores con aspecto de fiolos que me manoteaban a la pasada. Me sentía la sortija de la calesita del parque Independencia (zoológico de Bahía Blanca), pero por suerte nadie me agarró del todo. No es que una sea la gran cosa, pero si alguno camina por esa calle descubrirá que cualquier ser humano con aspecto de mujer que aparente haberse bañado en la última semana y no venga con una nuez de adán del tamaño del coliseo, tiene muchas chances de obtener lujuria, y hasta ganarse el sanguche de mortadela y la coca. Pero parece que no querían eso.. Nunca tengo suerte. Todo el tiempo me decían algo que yo pensé que tenía que ver con mi andar delicado (Delicado para esa zona, entiéndase bien… no soy la Chiqui Legrand, pero en el país de los ciegos…) Yo escuchaba, mientras casi corría hacia la esquina, algo así como “pituca, no corrás, morocha… “ “pituca…..”, y cosillas que no repetiré por educación, amén que ni siquiera sé lo que significaban algunas. En fin. Tenía que salir de ahí y, por razones obvias, no andaba con muchas ganas de quedarme a conversar con esa fauna rara. Así que, con evidente malhumor, le digo a uno de ellos, mientras me zafaba de la mano que me agarraba el codo: “Qué pituca ni pitucaaaa!!! Yo soy una laburante igual que Uds. y estoy jugada con el tiempo, sino con gusto charlamos, pero me espera mi papá en la esquina, che!!!” Se reían… DE MI, y dele con eso de …TUCA, TUQUITA… Yo seguía pensando que venía por el lado de la finura que ellos sospechaban en mí, de la cual carezco, pero parece que puedo engañar fácilmente a algunos. En fin… Los fui dejando atrás y llegué a la estación, donde me desasné… Mi amigo el barrendero de la estación me dijo que lo que me ofrecían o me pedían, lo cual es más ridículo aún, era una TUCA, o varias, no se habló de números. Pero Tuca no es diminutivo de Pituca, ni hace alusión a que uno sea fino o delicado. Tuca es un pucho, pero de marihuana! Me ofrecían o pedían DROGAS, a mi!!!!!! Justo, a mí. Sor Silvia La Que No Solo No Lo Hace Sino Que No Lo Nombra!! Esto demuestra que se puede tener mucha calle, mucho andado, mucho de todo, como evidentemente tenían esos señores y señoritas tan particulares, pero aún así, ser absolutamente ignorante en el arte de conocer a las personas. Solicitar de mí algo como una Tuca es algo que demuestra una de dos cosas: O son todos egresados sin honores de Luis Braile, o a fin de mes aflojan tanto las ventas de cochinadas que en el tiempo libre que esta situación les genera, aprovechan para horrorizar a cuanto pacato que se precie caiga desprevenido por su zona de influencia. Ahora, yo soy pacata y a mucha honra, pero de pacata a tuquera de albergue transitorio de cuarta hay un abismo de distancia que no pienso recorrer en lo que me resta de vida. De cualquier modo muchachos, fue un gusto pero… Gracias… recién tiré. Sil

lunes, 27 de noviembre de 2006

La Amazona y La Piedra

La Amazona y La Piedra

En la humildad de lo que sigue vaya mi más profundo homenaje a la mujer que en silencio y desde hace tanto tiempo, es la imagen viva de lo que siempre quise ser...
Una mamá...

A vos, vieja,
Por lo que decís y por lo que callás,
Por las broncas y por las risas,
Por las lágrimas,
Por los ovarios y por la garra,
Por este día lleno de tu recuerdo,
Por los que pasaron y por los que vendrán…
Gracias!

Quise comenzar este pequeño cuento citando las palabras de Julio Alonso:

"Antaño, la mujer estaba relegada exclusivamente a las tareas domésticas, al servicio del dueño y señor de ese castillo familiar llamado hogar.
Sin embargo, la integración de la mujer en todos los órdenes de la vida es un hecho innegable, guste o no, y los tiempos de la mujer sometida y discriminada están llegando a su fin, aunque falta todavía la última vuelta de tuerca, ese giro necesario que algunos no parecen dispuestos a dar. Y me pregunto si esto obedece a algún tipo de estrategia política o si, en el fondo, es el miedo a una sociedad matriarcal.
Porque el hombre siempre tuvo miedo a una sociedad dirigida por mujeres, a una estructura femenina de la sociedad, tal como ocurría en la Leyenda de las Amazonas, leyenda estrechamente vinculada con la conquista de América.
En aquel entonces tuvieron una especial influencia los libros de viajes y las novelas de caballerías, y cobraban especial relieve las que hablaban de lugares paradisíacos ubicados en lo que podría haber sido el Paraíso Terrenal...
Se hablaba de una tierra habitada sólo por mujeres; bellísimas y belicosas... que peleaban a la jineta protegiendo inimaginables riquezas ...
Esta leyenda, tomada por verdadera allá por el siglo XVI, se extendió a todo el sur del continente americano, y se ubicaba a este pueblo principalmente en las selvas de los ríos Orinoco y Amazonas, donde se suponía estaba el tan anhelado El Dorado, quimera que costó la vida a muchos aventureros y conquistadores.”


Pero la leyenda de las amazonas era eso, una leyenda, una historia imaginaria que daba lugar a un temor infundado y desmedido...

Sin embargo, el vilipendio sufrido por las mujeres a lo largo de la historia, hace que éstas sean desconfiadas con respeto a los hombres.
Y al hombre le pasa lo mismo cuando las piensa; aunque no por idénticas razones, sino por miedo a su fuerza interior, a su férrea voluntad templada a costa de golpes y sinsabores soportados en silencio, en franca desventaja física, aunque no moral; porque la razón de la fuerza física es la pérdida de la razón moral, de los argumentos, del intelecto.
Por eso se desconfía de la venganza femenina y se le cierra el paso en una batalla perdida de antemano, porque ellas cuentan con un arma poderosa que es la razón, sostenida por un alma de hierro y un corazón que son las garras mismas de la leona que moriría por sus hijos.
Hacen bien en respetarlas y ser precavidos...
Hacen bien en no menospreciar su fuerza...
Hacen bien hasta en temerles...
Allí donde hasta los mas valientes caerían apresados por el pánico es donde ellas se yerguen inmensas, poderosas, con el impulso de millones de años de historia que dicen que cuanto más grande es el monstruo, más enormes son las ganas de derrotarlo...porque en el tamaño del desafío está la clave oculta de su crecimiento...

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LA AMAZONA Y LA PIEDRA… el cuento.

Érase una vez un ser perteneciente a la más pura estirpe que Dios haya puesto sobre la tierra... Alguien cuya templanza y fortaleza solo eran similares a sí mismas, aunque se hallaban enmascaradas por la humildad propia de quienes las poseen.
Es en esa rara conjunción de dulzura y firmeza, en el punto mismo donde la mente y el corazón se encuentran, donde esta maravillosa mujer se hallaba varada...su ceño fruncido y el gesto desorientado de los que no pueden encontrar la solución que debería estar al alcance de su mano...
Allí, en medio del camino, estaba la piedra más grande que jamás hubiera visto...Se la veía ostentosa, orgullosa en su tamaño y con la actitud de un déspota emperador frente al más oprimido de sus súbditos...

Tanto era el poder que parecía filtrarse de sus apretados poros marmóreos que, por primera vez en su vida y aún a costa de todo razonamiento lógico, la Amazona le temía en la misma medida en que deseaba apartarla de su camino.
Sabía que tenía que avanzar.
De alguna manera que no alcanzaba a descubrir debía encontrar la forma de llegar al otro lado, como fuera, porque de no hacerlo así su vida con seguridad se extinguiría allí y de pasar eso, todos los que la esperaban sabrían que había muerto, no ya en medio de una lucha que dignificara su partida, ni siquiera presa del pánico... sino de vergüenza.

Cuanto más la miraba, más grande le parecía la piedra y mas pequeña se veía a si misma... Lo había intentado todo, empujarla, tirar de ella y hasta utilizar un tronco a modo de palanca, pero mientras más lo intentaba, más cerca estaba que sus lágrimas indicaran que el abatimiento y el abandono habían ganado a su determinación. En este punto fue cuando decidió sentarse a descansar al costado del camino, sus piernas pendiendo hacia el vacío, apuntando sus descalzos pies hacia el fondo del abismo donde yacían los restos de aquellos que de seguro no habían encontrado la forma, tal y como le sucedía a ella, y habían decidido que la lucha sin sentido no debía prolongarse más.
Con esta imagen grabada en sus retinas se propuso descansar, solo un rato, lo necesario para reponer fuerzas...
Eso pensaba mientras, lentamente, fue quedándose dormida...

Así pasaron las horas hasta que por fin despertó y miró nuevamente a su enemiga.
Silenciosa e imposibilitada de creer que la roca fuera de origen natural comenzó a verla como un monstruo venido desde otro mundo, creado y puesto allí para enseñarle que era pequeña y débil... Quizás, si así fuera, el rendirse fuera menos indigno y hasta lógico.

Ya casi se había entregado a su suerte de muerte segura cuando desde la cima empezaron a descender los mas raros personajes que jamás hubiera visto o imaginado que allí encontraría...
Cuando el primero de esos viajeros llegó a su lado, no pudo dejar de notar que traía a cuestas una enorme bolsa con aspecto de pesada e incómoda de transportar...el semblante del hombre reflejaba su esfuerzo, pero al elevar los ojos y mirarla, la mujer vio tanta determinación que inmediatamente bajo los suyos y con gesto de vergüenza se hizo a un lado para permitirle pasar, imaginando desde antes la reacción de desencanto cuando el hombre no pudiera continuar su camino mas allá del enorme monstruo de mármol...
Grande fue su asombro cuando el delgado cuerpo del hombre se inclinó y con el único brazo que tenia libre, levantó la piedra con tanta dificultad que la mujer temió que cayera muerto allí mismo... Pero eso no sucedió, y el hombre continúo su camino, aunque la roca estaba de nuevo en su lugar... fría y enorme...

La estupefacción la congeló pero no tuvo tiempo de pensar demasiado en eso, ya que al cabo de unos pocos minutos, divisó a una anciana que venia acercándose en su dirección, siguiendo el rumbo que el hombre había tomado y con una bolsa que parecía aun más pesada que la de él.
El aspecto de la vieja era totalmente distinto, pero al cruzarse sus ojos, la misma sensación de vergüenza la invadió, por lo que bajó nuevamente la mirada y le permitió seguir adelante, hacia el monstruo...y más allá de él...

No había exhalado el aire de su inspiración de asombro, cuando una niñita, la más frágil que pudiera imaginarse, apareció y con idéntico proceder, avanzó con su inmensa bolsa a cuestas.
La miró solo un segundo antes de que los ojos de la Amazona volvieran a mostrar vergüenza, y siguió su camino con idéntico resultado que los anteriores... La sucesión de viajeros se hizo más y más larga, interminable...

La mujer trataba en vano descubrir el secreto que los hacia diferentes a ella, mas no acertaba a dar con él...
Dentro de su mente y de su corazón, sabía que la respuesta estaba en algún lugar, pero no podía o no sabía como encontrarla...
Así es como casi desmayada por la falta de alimento, la sed...el cansancio acumulado, con el alma oprimida por la desesperación, algo comenzó a crecer dentro de ella...

Casi sin fuerzas por el agotamiento y el dolor logró incorporarse y ya de pie, firme frente a la roca, las lágrimas comenzaron a fluir, descontroladas, a borbotones...
La miró, los ojos entrecerrados, los puños apretados, y toda la furia que había en su interior comenzó a calentar su cuerpo helado.
Como poseída se acerco al frió mármol y sin apenas despegar los labios murmuro más para si que para su enemiga las palabras mas sentidas y poderosas que una Amazona pudiera haber pronunciado...
Dicho esto y sin apartar la vista se hincó y con la sola fuerza de sus cansados brazos, levantó la roca y la arrojó al abismo...

Finalmente, reemplazada la vergüenza por la determinación y el valor, que siempre habían caracterizado su mirada, se disponía a emprender el descenso cuando advirtió que a un costado del camino se hallaba un anciano, con los ojos mas viejos que se hubieran visto en la historia de la humanidad, que la miraba y asentía en silencio...como aprobándola...

La Amazona, con curiosidad le preguntó desde cuándo estaba allí...y él tranquilamente le respondió...
-He estado aquí desde siempre, desde antes de ti, desde antes de tus padres y desde antes de los padres de tus padres...y seguiré estando cuando los hijos de los hijos de tus hijos pasen por aquí...
La mujer, sin comprender, le pregunto entonces:
-¿Por qué, si siempre estuviste allí, y seguramente sabías el secreto para mover la piedra, no acudiste en mi auxilio y permitiste que casi muriera?...
El viejo entonces solo la miró, a lo profundo del alma y en un susurro casi imperceptible repitió las palabras que la Amazona hubiera pronunciado al enorme mármol, solo unos minutos antes...y que fueron las que siguen...

"Nunca permitiré que te quedes con mi vida, menos aun con mi dignidad, porque Dios no crearía una piedra tan grande que no me permitiera apartarla de mi camino para seguir adelante... Ya no te temo, pero te respeto porque también tu eres obra de El."

Los dos se dirigieron una última mirada y la mujer partió con su enorme bolsa a cuestas, con la seguridad de que El siempre, pero siempre, estaría allí al costado del camino, aunque no lo viera, cuidando de que la piedra jamás fuera más de lo que ella pudiera apartar si se lo proponía...

FIN

Así de grandes y poderosas somos si encontramos las armas para enfrentar al monstruo dentro de nuestros corazones...
La determinación, la garra, y nuestros amores nos convierten en Amazonas, y de simples mujercitas mutamos a leonas embravecidas, fuertes e inmensas...

Ha pasado el tiempo y por fin entendí…

Ya no estás, pero moviste la roca, vieja, la sacaste de ahí como una leona. La apartaste para que no pudiéramos verla aplastarte. Para dejarnos recordarte entera y digna como una amazona.
Decidiste cuándo y solo seguiste tu camino.
Ahí al costado, a un paso de mí, estarás, de seguro. Vigilando atenta cómo me enfrento al mármol.
En cada día, del día a día que es mi vida desde lo que me enseñaste mientras te dormías despacito, muevo un poquito la piedra.
Sabés que mis brazos estaban cansados antes de tiempo y por un rato perdí de vista mi sangre, pero volví y acá me quedo.
Podés confiar en mí, porque soy la amazona que me enseñaste, y podés también descansar tranquila, sentadita ahí nomás, cerca de mí, para que sueñe tu perfume o tus caricias cuando la bolsa se sienta demasiado pesada.
Cada tarde entrarás a casa, lenta pero firme como siempre lo hiciste y seguirás vigilando mi sueño y mis largos despertares.
Me hubiera gustado que me vieras enamorada y que hubieras leído mis sentires, que son las lágrimas que no pude llorar hechas palabras.
A veces se te extraña mucho, sabés…
Pero me quedo con tus besos de despedida y los millones que me diste durante más de cuarenta años.
Me quedo con las siestas en tu cama calentita. Con tus comidas horribles y tus hermosas manos, que veo cuando miro las mías o las de mi hja, tan iguales.
Me quedo a cuidar nuestro bebito, porque también es medio tuyo.
La tiene clara, vieja, sabe que ahora laburás de ángel y piensa seguir pateándote la pelota a fusilar, mientras cuidás el arco.
Bancalo, porque sos vos en chiquito y tiene ese olorcito lindo a torta casera y a lavanda, que es tan tuyo como mío.
Verlo es como verte y sentir en carne viva este amor grande que me dejaste cuando te llevaste el mío.

Ahora te dejo un rato, mis cachorros llaman, y vos sabes como es este oficio. Ellos son primero, siempre lo son.
Chau vieja…
Sil

sábado, 18 de noviembre de 2006

Había una vez...

Había una vez una chica que tenía ilusiones… Una cagada las ilusiones, pero la chica, que era tan chica, todavía no sabía que las ilusiones eran una cagada. Pobre la chica… Si ella hubiera sabido que la vida y el destino juegan con la gente de la manera que lo hacen, a lo mejor, quién sabe, hubiera dejado de tener ilusiones. Y se hubiera evitado las desilusiones. Y se hubiera ahorrado la angustia. Pero las personas no pueden ver el futuro… Y la chica, aunque ya estuviera en camino de morir de adentro, todavía era una persona. Ojalá alguien pudiera ver su futuro… Pero si alguien pudiera ver su futuro, dejaría de intentar. Y uno no puede dejar de intentar, porque si los pronósticos no son acertados, a lo mejor, quién sabe, se puede llegar a la otra orilla… la de las ilusiones concretadas. Yo no creo que exista la otra orilla. Pero no estamos hablando de mí, sino de esa chica, tan chica, que todavía podía creer en que los sueños se le hacen realidad a la gente común. Bueno, algunos sueños si. Pero no todos. Se hacen realidad los sueños que tienen que ver con cosas. Los que tienen que ver con trabajo. Los que tienen que ver con materia. Pero los otros, los que sueñan las personas que todavía no saben que las ilusiones son una cagada… esos jamás se cumplen. La chica todavía tenía ilusiones, de colores claros, con perfume a jazmines, y tan suaves que uno podía acariciarlas sin siquiera notar que sus dedos las rozaban. Porque a las ilusiones uno solamente puede rozarlas, nunca alcanzarlas. Debe ser por eso que dejan ese sabor a derrota cuando definitivamente se alejan de uno para salir a engañar a algún otro chico cuando uno se va haciendo grande y desconfiado. Pero el chico que una vez fuimos nunca se va del todo. Vuelve siempre a jugar un poco con nosotros, y a veces es un poco cruel, como todos los chicos, y nos araña el alma haciéndonos creer que algunas cosas de chicos pueden ser para nosotros ahora que somos grandes. Y nosotros, que a veces nos distraemos, le creemos y nos ponemos a jugar un ratito con él. Pero siempre nos gana la vida de adultos y descubrimos que hay que dejar ir definitivamente las cosas de chicos. Esta chica, sin embargo, fue creciendo y fue haciéndose adulta con las ilusiones intactas. Nadie sabe eso, pero ella atesora en un rinconcito del corazón todos los sueños que tenía cuando era tan pero tan chiquita. Guarda la ansiedad del primer día de escuela y la ilusión que la acompaña es la de volver a casa de la mano de mamá, sin haber pasado por esa otra casa donde le quitaron el mejor pedazo de infancia. También lleva prendida en el alma la imagen del príncipe que acompañaba a Blanca Nieves en las figuritas aterciopeladas que mamá casi no la dejaba tocar para que no se estropearan. Guarda, como si fueran de oro, el primer boletín y el último guardapolvo, firmado, gastado, demasiado corto. Tiene guardadas las fotos en blanco y negro. Las que le sacaron y las que nunca se sacó, y en éstas últimas están todos los que hubiera querido tener cerca cuando todavía usaba esas minis, tan demasiado cortas como el guardapolvo firmado. Y las cosas a veces se le mezclan… porque ella sabe que las ilusiones intactas de cuando todavía era chica solo pueden vivir escondidas, y que no tienen nada que ver con la otra parte de ella que la gente puede ver. Todo lo del cofre es muy tierno, muy frágil… tanto que se quiebra por nada, y al quebrarse sangra como cuando uno se cae jugando al elástico y la rodilla se golpea con las baldosas de la vereda de la casa de la niñez. Pero ya no está mamá… Y cuando uno sangra y la mamá no está más para decirnos que no es nada, uno no sabe que no es nada. Entonces el alma se hace agua y sale como catarata por los ojos… Hay que llorar hasta que ya no queden lágrimas… decía la vieja… pero las lágrimas pareciera que nunca se acaban, y a la adulta en que se convirtió la chica le da mucha vergüenza caerse porque ahora es grande y todos la ven, y la gente se ríe cuando una señora grande se cae y se lastima. Después dicen que los únicos crueles son los chicos… Ja! A mí me parece que es un poco ahí cuando las personas grandes empiezan a dejar ir las ilusiones que todavía les quedan. Cuando por fin abren el cofre de los tesoros y los dejan salir para que vayan a llenar los cofres de los que todavía tienen la posibilidad de creer en cuentos, en príncipes, en sueños blancos y calentitos. Pero esta chica ahora adulta cada tanto tenía la costumbre de volver al cofre a revisar para ver si por algún descuido alguna ilusión se había quedado trabada en algún rincón. Y cada tanto encontraba una… Esos eran los mejores días, los más soleados, los más lindos de todos los días de su vida. Abrazaba la ilusión medio maltrecha, la curaba de los rasguños y de la soledad que tenía y la cuidaba por un tiempo, mientras la iba alimentando como se alimenta a los hijos chiquitos. La ilusión entonces, contenta de que alguien la mimara, se portaba bien por un tiempo. Pero era solo por un tiempo. Porque las ilusiones y los sueños, se cansan de tener dueños que se ilusionen y sueñen mucho, porque las ahogan entre tanto abrazo y mimo. Entonces se van, y esta vez no vuelven al cofre… Se van para siempre detrás de alguien que no las manosee tanto, que casi no crea en ellas, a jugar el juego de entrar en el alma para después salir dejando un vacío tan enorme y triste que obligue a sus dueños a darse cuenta que las que mandan son ellas y que nunca, pero nunca, uno debe creerse dueño de nada, ni de sus propios sueños. Entonces uno se queda con lo otro. Si tiene suerte, puede quedarse con mucha gente alrededor. Palmaditas en la espalda, dinero, poder, cosas... de ésas que no llenan nada pero que parece que si. Después, cuando uno llega a viejito, si tiene suerte, y ve que llega la hora de tomar el último tren, otra vez las recuerda, claro que si. Entonces se pregunta qué hizo cuando las tenía y descubre que no hizo nada, o casi nada, porque de haber hecho lo necesario ellas no se hubieran ido sino que hubieran crecido. Las ilusiones, cuando crecen, todos lo saben, se convierten en realidades, y las realidades sí que pueden quedarse, pegadas al ahora, al adulto, y también al pedacito de chico que una vez fuimos. Yo todavía no aprendí a hacer eso… Y creo que la chica tampoco… Pobrecitas nosotras dos…

... qué triste es despedir a las ilusiones cuando uno tanto las necesita…
Sil

Aprender a Volar...

… Un día, cuando yo era muy chiquita, escribí en mi mente una palabra. Digo que la escribí en mi mente porque a escribir, lo que se dice escribir de verdad, todavía no había aprendido, pero mi mente, eso no lo sabía. Aquella palabra que escribí era más una sensación que otra cosa. No tenía más que el valor de lo que significaba, y no sabía yo por aquel entonces que de ese, su significado, se podía desprender tanto. Yo no pensaba en esa palabra, sino que hacía lo que ella decía. Por las noches, cuando las luces se apagaban… mis amigos imaginarios, muchos de ellos personas reales que veía a diario, me acompañaban y manteníamos diálogos en los que nos contábamos cosas. Cosas de las lindas, y también cosas de las feas… de ésas que duelen. Cuando el sol se encendía, lo mismo. En algún rincón de aquella vieja casa en la que vivíamos con mi familia, yo me hacía más chiquitita todavía y seguía haciendo lo que mi palabra quería que hiciera. Era lindo obedecerle, y cuando no lo hacía me parecía que me faltaba algo, que algo no estaba completo… Así que, queriendo o sin querer, siempre, hasta hoy que no soy chiquitita y ya no tengo tanto tiempo, sigo intentando rescatar un momento para hacer lo que mi vieja palabra dice. En esos momentos, robados a las responsabilidades o al descanso de la persona grande en la que me convertí, es cuando mejor me siento. Me reúno con mis hijos y juntos intentamos hacer lo que mi linda palabra nos enseñó. Porque ellos también la escribieron en su mente cuando todavía ni sabían como agarrar bien el lápiz. Después, más tarde, cuando duermen casi todos y casi todo, la nena que una vez fui regresa y vuelve a conversar con sus imaginarios amigos. Pero… Pero, siempre hay un pero, ahora la nena creció y sabe escribir. Entonces, como sabe o como puede, cierra un poquito los ojos y en un papel cualquiera sigue haciendo lo que su amada palabra le indica y dibuja más que escribe lo que sus sueños le dictan. Yo no hice muchas de las cosas que me hubiera gustado hacer. No llegué a la luna, no conozco Grecia, la tierra de Sócrates. No fui la princesa de ningún cuento. Tampoco pude evitar las ganas de llorar, ni puedo borrar del mundo las cosas que duelen como espina en el zapato... Es tanto lo que no puedo, que a veces me da cosita en la panza y me dan ganas de no hacer más lo que dice mi palabra querida. Pero no puedo fallarle ahora, porque me acompañó tanto tiempo que ya no sabría cómo seguir sin ella. Entonces, medio de prepo, medio a empujones, empuño el lápiz de nuevo y sobre un papel cualquiera escribo todo aquello que antes solo decía en voz muy baja. Yo sé que mi bella palabra está feliz por eso, y sé también que puedo ser un poco más feliz mientras no me olvide de hacer lo que ella me enseñó que hiciera hace ya tanto tiempo. Ya se habrán dado cuenta cuál es mi palabra… Es la única que nos permite, a todos, ser lo que siempre quisimos ser. Y aún cuando la vida nos diga que no se puede, que es demasiado difícil, que no vale la pena el esfuerzo, ella se empeña y nos convence que eso no es cierto… En nuestros sueños, en nuestra alma, siempre podremos hacer lo que mi amada palabra dice, porque… … siempre, pero siempre, tendremos la capacidad de VOLAR. Sil

Velorios. Comportamiento habitual.

Este año ha sido fructífero en lo que a adioses eternos se refiere. Demasiado para mi gusto. Y si bien es cierto que no me ha tocado despedir a ningún familiar o amigo cercano, también lo es que los que han debido hacerlo, son personas que quiero con el alma, a las que espero no ofender con lo que acto seguido escribiré, ya que más allá del dolor que ocasionan las pérdidas y posterior ausencia de nuestros amores, nadie es capaz de sufrir y angustiarse el cien por ciento del tiempo, ni aunque en un absurdo arresto de autoflagelación lo intente con todas las ganas de las que es capaz. Siendo así, me atreví a rescatar lo más significativo, a mi juicio, de las conductas que todos, los dolientes y quienes los acompañamos, observamos en tan lamentables circunstancias. En primer lugar, la noticia. Nunca es agradable avisar a los que nos aprecian, que hemos sufrido una pérdida. Algunos lo hacen con la mayor naturalidad, otros presos de la más infinita desesperación, algunos incluso, ni avisamos… Total, siempre hay alguien que se ocupa de eso, y convengamos que en todo pueblo que se precie, la oportunidad de asistir a un evento de esas características es algo que uno no se guarda para sí mismo, sino que tiene que compartirlo, armar grupete. En el caso de no poder, ya porque el sobreviviente no pertenece a nuestro grupo de influencia, ya porque no hay nadie suficientemente comprometido con el dolor del supérstite con el que tengamos confianza para amontonarnos, acudimos solos, previo autoexamen, en el que pondremos especial empeño en nuestro aseo personal (no está bien visto oler a camello, ya que va de suyo que deberemos saludar con al menos un abrazo al que pretendemos consolar y sus acompañantes más cercanos). Por ello, una vez que hicimos correr la voz de lo sucedido, nos abocamos a la tarea de arreglarnos, como parte de un ritual que involucra y casi representa tanto el empeño que ponemos en estar a la altura de las circunstancias, como nuestro respeto por la muerte y todo lo que significa. Y allá vamos. Si tenemos nuestro propio auto, pasamos a buscar a los que estén en inferioridad de condiciones. Si no lo tenemos, hay dos posibilidades. O vamos con quien sí lo tenga, o nos tomamos un taxi, lo que nos dará la oportunidad de informar a otra persona de la naturaleza de nuestra salida. Dado que mi ciudad (Bahía Blanca) es cuasi una aldea, es posible que el conductor tenga amigos o parientes en común con al menos la mitad de los probables asistentes, con lo que se engrosan las posibilidades de que haga él también correr la noticia, y el velorio, por efecto del boca a boca, se convierta en un éxito de dimensiones insospechadas. La llegada. No suele ser demasiado cómodo el momento del arribo a la sala mortuoria. Ni solo, ni acompañado, uno se libera de la sensación de no saber a ciencia cierta a quién debe saludar y a quién puede hacer como que no ve, porque no siempre el evento es del tipo familiar, o de los que involucran a un reducido círculo de amistades, ése en el que todos nos conocemos y casi no hacen falta las formalidades. A veces, las más, nos encontramos en el lugar porque somos amigos/conocidos de solo algunas de las personas que allí se encuentran, pero tenemos el más absoluto desconocimiento del resto de los desconsolados que lloran en la capilla ardiente. Para esos casos conviene utilizar una estrategia de simulación, en la que nos fingimos apabullados y hasta desorientados, sin casi poder reconocer a nadie por la angustia. Parte de eso será cierto, ya que no podemos reconocer a quien previamente no hemos conocido, y ciertamente no será éste el momento de las presentaciones… O no debería. Pero como algunos no pierden jamás esa cualidad que los hace anfitriones perfectos de tiempo completo, si nos detenemos demasiado en torno del fallecido, corremos el peligro cierto de que alguna tía o vecina comedida, se aboque a la tarea que presentarnos a todos los que allí se encuentran, actuando casi como una guía de turismo en las cámaras mortuorias de las Pirámides de Egipto. Llegado ese momento, estamos perdidos. Tendremos que besar, abrazar, consolar, y lagrimear a dúo con no menos que doce o quince personas que jamás hemos visto y a las que juraremos nunca haber visto si nos las cruzamos en la calle dos días después. Pasada esta instancia, nos retiramos reculando, sin dar la espalda al cajón hasta que estemos en la estancia contigua, y tratamos de acoplarnos a alguna conversación en curso, en voz baja, con el grupo de personas que nos sean más afines, si es que no estamos en un velorio en el que haya suficientes amigos como para dedicarnos a comentar en voz baja sobre lo sorpresivo o doloroso que lo que sucede debe ser para los deudos. Las últimas consideraciones vertidas por el finado suelen ser motivo de exclamaciones ahogadas, así como sus expresiones de dolor y estertores, máxime si fueron presenciados por alguno de los que allí se encuentran, que se posicionará frente al resto como una especie de pseudo-protagonista que aprovechará al máximo sus quince segundos de fama, para luego cerrar la boca con una expresión de “qué me cuentan? No somos nada”. Se deberá tener especial precaución de no comenzar aún con chascarrillos o emitir algún comentario gracioso en respuesta a la observación que nunca falta sobre el semblante del muerto, ya que se sabe que seguramente la mitad más uno de los presentes no podrá evitar la carcajada y eso tampoco está bien visto durante las primeras dos horas de estadía en la sala. En todo momento, y desde cualquier punto en el que nos encontremos ubicados, estaremos atentos a la puerta de entrada saludando con una inclinación de cabeza a los que vayan llegando y, nobleza obliga, una vez a salvo de sus oídos, procederemos a instalar como tema principal su aspecto general y los pormenores de su vida privada, que siempre alguien conoce. Si hay cirugías estéticas o cuernos, mejor todavía, porque ello nos llevará inevitablemente a citar analogías con otras personas que aún cuando no se hallen presentes, servirán al fin principal del momento, que es el de evitar que el espíritu decaiga y comencemos a cabecear y/o babear en medio del sopor antes de lo debido. Transcurridas las primeras horas, hasta el más macho afloja y la tensión de los primeros momentos se relaja lo suficiente como para ceder paso a una distensión parecida a la que sentimos en el living de casa y comienza una suerte de competencia de humoristas en la que hasta los más troncos se lucen, porque a lo mejor el compromiso no es grande, pero también porque la muerte, desde siempre, tiene su propia forma de instalarse en el ánimo de quien está en su presencia, claro está, si el que se muere no es uno. Entonces, como para enrostrarle a la muy pérfida que esta vez zafamos, le hacemos pito catalán y le mostramos una risa que dice “me importás un carajo siempre que no me toques, yegua!”. Siguiendo con el itinerario, llegamos, como ya dijimos, a una lógica distensión que no por desprolija deja de ajustarse a las normas generales de conducta para este tipo de evento, normas éstas que permiten que el mecanismo de autodefensa contra la angustia siga funcionando y no caigamos sumidos en la más completa depresión al recordar que todos, sin excepción, seremos los verdaderos protagonistas de algo similar algún día. Unas horas después, pongamos por ejemplo, las dos de la madrugada, ya somos todos de la misma banda y tenemos que hacer enormes esfuerzos por mantener el volumen de las voces dentro de los límites que dictan la educación y las buenas costumbres. Los que éramos amigos antes de llegar, somos mucho más amigos. Y los otros, los que se acoplaron siendo simples conocidos, participan como si siempre hubieran sido de la partida. Compartimos los cigarrillos y empezamos a pasar direcciones de e-mail con nuevos conocidos a los que jamás después de esa noche, le enviaremos un correo. En los sillones del recinto más amplio de la sala, a la entrada, están los parientes más añejos, los más estructurados, los que a veces esperan casi con ansiedad estas oportunidades para ganarse un espacio en la vida de los demás porque, quién sabe, sus propias vidas no tienen ni siquiera una pizca de sal para condimentar sus días. O a lo mejor no, y se quedan ahí simplemente porque es una forma como cualquier otra de rendir culto a lo que creen que queda de la persona que ya no está (ellos no lo saben aún). O a lo mejor se han educado pensando que permanecer, siempre permanecer, es la manera de demostrar que uno está… Los demás, los irreverentes, nos sumergimos en las alas de la noche y hacemos lo imposible por amenizar las largas horas por venir. Como ya dije, en esas oportunidades cualquier motivo es bueno para dejar volar la lengua, y al tiempo que el que está más cerca de la pava la vuelve a llenar y prende el fuego, la conversación deviene en un humor ácido, loco y tan insolente como desubicado. No falta quien haga alusión a anécdotas protagonizadas por el muerto, cosa que lo enaltece, ni quien en el fragor de las confesiones satíricas, cuente con todo lujo de detalles la vez en que confundido bailó una hora de lentos con un travesti. Los separados hablarán pestes de sus ex esposos/as, siempre que esas pestes lo/la ridiculicen al punto tal que la carcajada general genere un chistido al unísono de todos los que se hallan al otro lado de la puerta que, dicho sea de paso, está cerrada para no ahogar al resto de la concurrencia en las nubes de humo que inundan la cocina. Uno de los temas favoritos en estos casos es también el destino que tendrá el viudo/viuda, en el caso que lo hubiera. Si el supérstite es mayor de edad, se lanzará uno a tratar de vislumbrar su futuro, aludiendo a algunos de sus pares que pasados los primeros tiempos de duelo agonizante, tímidamente primero y con toda osadía después, se arrojaron, casi literalmente a “vivir la vida loca”. En el caso de que pertenezcan a la tercera edad, opinan algunos, deberá incursionar en cuanto baile de jubilados se organice, sin dejar de mostrar, aunque más no sea en las primeras apariciones, ese halo de desprotección que no debe faltarle a todo recién enviudado que se precie. En el caso de personas que se hallen en su período de joven madurez o franca juventud, el duelo es una oportunidad de captar la atención de personas del sexo opuesto, posibles empleadores, etc. Otra posibilidad, muy comúnmente aceptada y cultivada, es la de contar (por millonésima vez) las mejores anécdotas de los integrantes de la charla, si involucra a más de uno de los presentes, mucho mejor, porque el otro irá agregando detalles de su cosecha, enriqueciendo y dinamizando ostensiblemente el relato. Todas estas posibilidades y muchas más son las que se siguen barajando en la cocina de la sala mortuoria conforme van pasando las horas y el cansancio se hace carne. Sobre las cinco de la mañana se impone una salida. La banda se encamina cuanto menos a la vereda, donde el aire infunde un ánimo renovado a las ganas de ponerle onda al momento, y vuelven a estallar las risas generadas por el comentario obligado sobre lo desvencijados que se encuentran los asistentes de mayor edad que duermen medio sentados, la cara de cadáver que tiene el mayordomo, o lo bien que le sientan la renguera y los bigotes a la hermana política del muerto. En estos tiempos, y cediendo el paso a una modernidad que nos quita un poco de lo latino que todos llevamos dentro, cada vez con mayor frecuencia se procede a cerrar las puertas del velorio, previa evacuación casi general del mismo (casi, porque el muerto se queda). Es una costumbre que refleja que maduramos, creo yo, porque vamos aprendiendo que no despedimos más ni mejor a nadie porque nos quedemos a dormir al lado, o en la otra pieza, y mucho menos si el que acompañamos es un finado y poco o nada le importa cuántos ni quiénes se contracturen en su determinación de no abandonarlo. Pero muchos aún cultivan la vieja usanza de velar al partiente durante todo el tiempo previo al entierro, y por ellos es que el grupete permanece allí, estoicamente a veces, engrosando las filas de los sufrientes. Las charlas siguen, y la calma se va cerniendo sobre los presentes hasta que sobre las ocho de la mañana, hora en que comienza a llegar gente madrugadora a presentar sus condolencias, la totalidad de los insurgentes se encuentra apelotonada y roncando en sillones o cualquier otro lugar donde se pueda apoyar, al menos, una parte del entumecido cuerpo. Este espectáculo es el que presencian los lozanos visitantes mañaneros cuando arriban al evento y emiten comentarios del orden de “mirá… pobres, se quedaron toda la noche acompañando… éstos sí que son amigos…”, sin saber que en realidad, en la mayoría de los casos, y a pesar de las carcajadas nocturnas, la verdad es esa… Que de la manera que sea y a como de lugar, guardando o no las formas, uno nunca deja solos a quienes quiere. A las nueve y treinta de la mañana, a media hora de la programada para el sepelio, todo el mundo se encuentra ya despierto y en sus puestos. Es la hora de la despedida, del cierre definitivo, del adiós… Sería inútil intentar restarle solemnidad y emotividad al momento, porque a todos, sin excepción, nos contagia esa cosa de desesperación por la despedida final. Los sufrientes sufren más y los demás, los que acompañamos, les damos lo que podemos, que son el abrazo y la caricia del alma, ya sin risas y tratando de ocultar la lágrima que nos da vergüenza porque creemos, es el derecho exclusivo de quienes van a extrañar al difunto en sus vidas de todos los días. Yo no se qué está bien y qué está mal en los velorios… Yo no se qué está bien o mal en casi ninguna circunstancia de características parecidas… Pero lo que si se, es que cada uno se arrima a los que aprecia o quiere de la manera en la que cree que sirve mejor al otro, y la intención es lo que marca la diferencia, porque la intención, cuando es buena, deja un espacio en el que se pueden perdonar las formas, consientes en todo momento de que el fondo indica la verdad de la milanesa. Y en el fondo sabemos que salvo un loco de remate o un estúpido, nadie se pasa más de una hora por compromiso en un lugar en el que no quiere estar y con personas que no le importan. Esto es lo que pienso... Algunos consejos para no desentonar en un velorio: 1) Acudir, sin excepción alguna, a cualquier velorio al que uno haya sido invitado por un familiar directo del occiso o por alguna otra persona instruida por éste a tal efecto. 2) Leer, también sin excepción, todos y cada uno de los pétalos de vida (tarjetas que los amigos/conocidos hacen llegar a los deudos como muestra de condolencia), emitiendo pocos comentarios e instruyendo al que estuviera al lado sobre quién es quién (no incluir apreciaciones personales o juicios de valor). 3) También leer las fajas de las coronas, si las hubiera, evitando que el resto escuche sus observaciones sobre lo económico de las mismas y/o cualquier otro comentario peyorativo. 4) No decir ni pío, por lo menos hasta que llegue el momento del mate y las humoradas, sobre la inclusión de alguna persona que figure en el ítem correspondiente a “hijos políticos” publicado en el diario, cuando sabemos que el divorcio/separación del hijo legítimo y esa persona ocurrió en la década anterior. 5) Jamás, bajo ninguna circunstancia, ni por equivocación, saludaremos a los deudos con un “hola, como andás?”. Anda pésimo, horriblemente mal, y no necesitamos que nos lo diga. 6) No se levantará la voz, nunca, salvo en el exclusivo caso en que ocurra una catástrofe y alguien caiga desmayado sobre el cajón abierto, lo que ocasionará que el muerto ruede por los suelos. Si así sucediera, no solo gritaremos, sino que está permitido salir corriendo y ocultarse para largar la carcajada, luego de lo cual volveremos al recinto con los ojos llorosos. Todos interpretarán que estamos tan impresionados que hasta las lágrimas nos caen y estaremos a salvo de recriminaciones. 7) No acudiremos vestidos con shorts, musculosas ni vestimenta alguna que deje al descubierto las tiras de la malla (para las mujeres), ni en malla (los hombres). 8) Los escotes pronunciados, faldas cortas, y pintarse como puertas, no quedan bien en los velorios, no importa a qué se dedique uno. Hasta el yiro más mentado debe parecer alguien decente en presencia de la muerte. 9) Por mucho que lo deseemos, no perdamos la compostura y no caigamos en el humor fácil de hacer imitaciones chabacanas de gases cuando vemos que alguna anciana está pronta a sonarse la nariz. Se puede ser gracioso sin caer en la idiotez. 10) Aunque parezca de más, no viene mal recordar que un velorio no es el momento más apropiado para reclamarle la cuota de alimentos al ex-marido, si éste concurriera y nos lo encontramos. No faltará oportunidad de que pueda hostigar al fucking moroso pero, en serio, no es justamente esa. 11) En ningún caso deberá relatar, por celular y a viva voz, los pormenores del deceso del fallecido, y mucho menos agregando “se lo merecía, el muy sorete”. No afloje aunque su interlocutor insista, ya que al terminar la charla habrá ganado muchos enemigos. 12) Si el supérstite no era fiel al muerto o viceversa, créame, tampoco es ese el momento de recordarlo y mucho menos de compartirlo. Si sus comentarios llegaran a ser oídos por el damnificado que sigue vivo, podría emprenderla a trompadas contra Ud. y muchos de los allí presentes se verían obligados a intervenir, desatándose así una batalla de dimensiones dantescas. 13) Si tiene hambre, coma, pero en su casa, en la de alguno que viva cerca, en la vereda, pero no se compre un completo de milanesa para comer en el velorio. No es necesario mostrar al mundo que es un ordinario y mucho menos instigar a otros a serlo al grito de “pido empanadas y birra, quién se prende??. 14) Si decide no quedarse a pasar la noche con los demás, en ningún caso se pondrá de pié y dirá al resto que le duelen las patas, ni que se va porque el muerto no querría que todos se quedaran allí, incómodos, por su culpa. Hágase responsable del abandono del lugar. Usted no es vidente, y no sabe lo que quiere el muerto, ya que los muertos tienen esa absurda costumbre de no comentarle a nadie lo que quieren o dejan de querer. 15) Si el fallecido fue en vida alguien no demasiado amado, aún cuando se lo mereciera, no se aprovechará la oportunidad para recordar sus peores defectos, ni para explayarse sobre el hecho de cuánto se merecía morir, ni para lamentarse de que no hubiera sufrido un poco más. 16) Por último, en el caso de que la fallecida fuera yo misma, nunca, jamás, en ningún caso, deberá darse otro destino a mi cuerpo que el de la cremación y posterior riegue de mis cenizas en algún lugar romántico (el mar sería mi lugar preferido). De no hacerlo así, asegúrense de enterrarme boca abajo, por razones que todos Uds. podrán deducir. Nota: A quien corresponda. No es que subestime a nadie, pero al que le toque desparramar mis cenizas, recuerde no hacerlo con el viento en contra. Detestaría que mis restos terminaran siendo evacuados en el último centrifugado de lavarropas del que se encargue de cumplir mi última voluntad. Ya se lo que están pensando. Yo también creo que voy a infierno en picada vertiginosa y sin escalas. Sil

A los 40 y tantos...

Síndrome de hoja en blanco… generosa manera de decir “síndrome de mente en blanco”. Uno sabe qué quiere decir, me parece. Me parece, pero no estoy segura. Digo, uno sabe sobre qué quiere escribir, pero las neuronas no quieren abandonar la cama. Vamos de nuevo. A ver chicas… a mover el esqueleto! Ponerse en funcionamiento se impone. Acá mando yo, y yo quiero mover… (Ellas saben que mandan, no me es fácil convencerlas) Es que tengo 40… y tantos… Y tantos golpes, y tantos desengaños, y tantos sinsabores, y tantas ganas de no tener 40 y tantos!!! Menos mal que la espectativa de vida, aunque se haya prolongado, no llega más allá de los ochenta… Una a los 40 es como que está más allá de casi todo. Más allá de los prejuicios. Más allá de las tradiciones culturales impuestas dos siglos antes. Más allá de lo que dirán los padres, hijos, hermanos, etc… Más allá de los hombres… Y hasta, casi, más allá del sexo… Menuda tarea la de despertar el indio… o la india. Porque la india, está poco menos que desaparecida, y no en acción precisamente. La india, si es que alguna vez la tuvimos, se tomó vacaciones con opción a retiro definitivo en algún recóndito lugar de veraneo, nudista por cierto, en el que no importan ni la celulitis, ni las estrías, ni los dieciocho kilos de más, ni –casi- los juanetes. La india por fin es libre. Se morfa todo, hasta el maldito tiramisú que engorda solo de mirarlo, y la pizza de anchoas y ajo, esa misma que unos años antes miraba de afuera, como a esas cosas que nunca se alcanzan. Y es que ahora, a los 40 y tantos, comer ajo casi se impone, en un acto de valentía que habla de un “me importa una mierda el resto del día, y del mundo”. Y si no te gusta el ajo, no importa, podés rebelarte de otras maneras. Podrías ponerte esa triquini exótica que te queda como una patada en el orto, y salir por las playas entonando el Himno a la Alegría, porque a los 40 y tantos, tenés tanta presencia, que sin querer, se abren para dejarte pasar. A los 40 y tantos, mi amiga, pisás fuerte. Pero fuerte en serio. Solo los más incautos pueden suponer que dedicarte a criar hijos, mal terminar una carrera, laburar para bancarte, ir a coro, firmar boletines, sermonear a tus cachorros, etc., etc., han hecho de vos una mina que no sirve más que para eso. Los que tienen alguito más que un pene de frente, saben que la procesión va por dentro. No abandonaste la vida, solo te apartaste un rato de la arena de combate. Y esa sensación de querer y no poder que siente el resto cuando intenta ponerte la pata en la cabeza es lo que te hace más interesante. Vos ya soportaste la pata en la cabeza, y te la sacaste de encima, y la tiraste a la mierda con la misma garra con la que decidiste salir adelante por las tuyas, sin la necesidad de un tipo que te bastonee la vida. Cuando te vestís y te arreglás, tarea que te insume unos cuantos minutos más que a los veinte, lo hacés para vos, para gustarte a vos, para verte a vos en esa imagen que te devuelve el espejo con aumento. Las patas de gallo empiezan a ser una amenaza y casi tenés la risa marcada a fuego a los costados de la boca, pero cuando te mirás los ojos, si lograste despegar de las presiones, encontrás un gesto de “no me importa” que habla de determinación a la hora de salir al ruedo. Creo que lo que más gusta de nosotras, es que nos gustamos. Y creo que lo que más desespera, es que no estamos desesperadas. Porque perdimos el pánico a “no saber”. Nosotras ya sabemos. Sabemos lo que podemos hacer, pero también sabemos lo que jamás podremos hacer. Sabemos lo que queremos, y lo que nunca, ni por equivocación, querremos. Sabemos lo que perdimos, pero también sabemos lo que ganamos, y no lo resignamos por nada ni por nadie. Sabemos el valor que tienen los hijos, como parámetro para medir el resto de nuestros amores. Y sabemos, como nunca en la vida, el enormísimo valor del amor de un hombre, lo tengamos o no, porque ya no lo necesitamos como complemento, para completarnos, sino como suplemento de esto que somos, que es una persona completa, plena, terminada de hornear. No creo en la media naranja, porque no me creo media nada. Por culpa o gracias a la vida, en esta etapa de la vida, estamos o deberíamos estar completitas, armaditas, terminaditas, listas ya para una fusión, completa, con alguien que esté tan terminadito y armadito como nosotras. Ya no queremos criar señores a los que se les alarga indefinidamente el período de maduración. No tenemos ganas de adoptar hijos de nuestra edad. Ahora tenemos ganas de crecer al lado de alguien a quien también le interese crecer y no joda con la patita, en la cabeza por lo menos. Algunas, debemos reconocer, se quedaron enganchadas en el interminable correteo y caza, si hay suerte, de boludos alegres que estén prestos a continuar siendo adolescentes por el resto de su vida… Algunas, inclusive, corretean verdaderos adolescentes… Y algunas, todas lo sabemos, permanecen... solo permanecen, atadas a un status quo menos motivante que una carrera de embolsados, pero que les otorga una posición dentro de la sociedad que habla de comodidad y cosas “bien hechas”. Y también hay gente feliz, por qué no reconocerlo? A nosotras, las que nos toca encontrar, con mucha suerte, la felicidad después de pasar por el caos de despegar hasta de nosotras mismas, se nos presenta un camino distinto. Y no es fácil, nada fácil. No porque no haya alguien dispuesto a compartir en igualdad de condiciones esto que somos y que podemos ofrecer, sino porque nosotras casi no permitimos la intromisión a nuestro mundo. Queremos una vida, pero queremos la nuestra, aunque sea de terror para la mayoría, porque es la vida en la que nos sentimos seguras. Ya no damos explicaciones, ya no pedimos permisos, ya no deshojamos margaritas, ni tampoco nos desvela saber que mientras estamos mirando una película de amor por cable hay doscientas minas como nosotras que están en un boliche, intentando terminar la noche en la cama con alguien que les invente, por un rato, un amor que no siente. A las mujeres de 40 y tantos bien puestos, el amor mentido nos interesa tanto como una mixta de lechuga y tomate a un tigre de Bengala. Gracias, caballero, no se moleste… recién tiré… De esas mujeres hablo. De la que soy, y de las que tantas conozco. Casadas o no, pero convencidas de lo que valen de adentro hacia fuera. Y se nota, de lejos. Como se notan las ganas de vivir, o los ojos de estar enamorada. Porque tambièn nos enamoramos… Y cuando nos enamoramos, es de la misma manera que aprendimos a vivir de nuevo, con todo lo que somos. Se nos nota el nuevo estado en los ojos que no mienten, como no mienten los largos silencios que nos ganan cuando pensamos en el tipo que nos desvela. Nos imaginamos futuros, y enterramos pasados, y armamos de nuevo una vida donde el resto sí es complemento, infaltable, pero que no se mete en la intimidad de los dos, que pueden ser uno. Podemos presentir e intuir, y sabemos actuar en consecuencia. Sabemos cuidar, y casi, casi, permitimos que nos cuiden. Sin ceder espacios, sin regalar porfía. Nos ponemos de nuevo taco aguja, pero decimos con el gesto y la mirada, y con la actitud toda, que nada de lo nuevo que aparece habla de “pasen muchachos”, porque esto nuevo que nos pasa es por alguien y para alguien. A los 40 y tantos, no nos despertamos para el mundo… nos despertamos para ese alguien, dirigiendo cada uno de nuestros sentires a un objetivo, solo uno, el que elegimos cuando nos dimos cuenta que todavía valía la pena ponerle una ficha al inmenso placer de estar vivas. Sil

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Las manos de la nona...

Las abuelas... Quién no tiene recuerdos de ellas... Mi abuela materna aún vive, pero la otra, la paterna, nuestra querida Nona Paca, se fue un día sin hacer ruido, despacito como caminaba, para no turbar el sueño de los que acá nos quedábamos, como añorando de antemano el olor de sus manjares. Las manos de mi Nona eran especiales, hechas para acariciar, y hasta acá no difieren demasiado de las de cualquier abuela que se precie, si no fuera porque las suyas, eran manos mágicas. Un día, tenía yo apenas cinco años, un veinticinco de octubre de 1966, mis viejos me dejaron junto con mi única hermana a su cuidado. Ellos tenían algo sumamente importante e impostergable que hacer. En realidad, mamá tenía algo impostergable que hacer. Ese día iba a nacer mi hermanito menor. La alegría se me mezclaba con el miedo, mucho, pero no sabía yo bien a qué. Ella, la Nona, sí que sabía. Sabía que era el miedo a no saber. No saber qué pasaría. No saber si mamá volvería. No saber si nos seguiría queriendo igual, No saber si ... Entonces, en esa hermosa tarde de primavera, puso a trabajar sus manos. Y cocinó... Y cocinó... mucho cocinó, hasta que los olores inundaron todo lo que veíamos y lo que no veíamos también. Hasta que todo lo que conocíamos se tornó un solo olor a cosa conocida, calentita, que no podía darnos más que sensación de seguridad y de amor, del mejor, del que sólo regalan, como al descuido, las personas que más nos aman. La noticia no se hizo esperar, y sobre las seis de la tarde, ya conocíamos la nueva buena. Ese bebé que sería por siempre el consentido de todos nosotros, había llegado al mundo... mientras nosotras dos comíamos la torta mágica de canela, que el amor de nuestra Nona había preparado para echar al cuco malo del miedo de nuestras vidas... Cuánto necesito algunas veces esa torta de canela... Sil

A no meternos donde no nos llaman....

El famoso “no te metás” Cuando yo era chiquita, de edad quiero decir, porque de estatura no varié mucho desde los... 14, creo, mi vieja siempre me decía: "no te metas en conversaciones de mayores". Yo estaba siempre atenta a lo que hablaban, como todos los chicos, (aunque uno los vea como en su mundo... jamás se pierden nada), y tenía la fea costumbre de acotar. Acotaba, aún en voz baja, pero acotaba. Y era conversación de mayores. Y lo que es más importante aún, era la conversación y el tema privado de otros, no el mío. Me llevó años y no pocas "vergüenzas" en público aprender a no meterme donde no me llamaban. Y juro por lo que más quiero que esto que cuento es cierto, me pasó. Mi vieja, fiel ella misma a lo que pedía de nosotros, jamás, nunca, ni por equivocación, se metió en discusiones ni siquiera de familiares directos en las que no se impusiera casi por obligación inervenir. No era su target, como no es el mío. Y debe ser por esa razón que, al pasar los años, en mi propio hogar, en el que vivo con mis cuatro hijos, la norma sigue siendo la misma. Ni aún discutiendo o peleando dos de ellos, los demás intervenimos, salvo en el exclusivo caso en el que se pueda resolver la cosa por la mejor vía, es decir, el entendimiento. Aplacando, poniendo paños de agua fría a lo que ninguno de nosotros quiere que termine en algo que lamentar. Así la vamos pateando. Claro que además ninguno de nosotros tiene demasiado tiempo que destinar a rencillas y peleas, porque los cuatro estudian, dos de ellos, los que están en la universidad, además trabajan, y porque yo, además de la casa, y cuatro hijos, tengo un trabajo que necesito para mantenerlos, y porque tengo una vida, con amigos y familia que no puedo ni quiero dejar de frecuentar todos los días. Siempre nombro a mi vieja, la familia, porque tuve la suerte de tener la que tuve, la que me enseñó y me obligó, aunque a veces no me gustara mucho reconocerlo, a aprender las cosas que hoy hacen que pueda andar caminando por la vida como camino. Mi viejo, que también usaba frecuentemente frases célebres (de otros) y dichos y refranes, siempre me dedicaba estas dos "máximas": "El pez, por la boca muere", aludiendo a mi "habla primero y piensa después", y el otro, el que aplico y explico a mis propios cachorros, "si no podés voltear la pared de frente y con la cabeza, rodeala... Lo importante es llegar al otro lado, siempre". Decir algo y descubrir más tarde que no lo dije correctamente, por atorada, es algo que aún hoy, aunque menos, me sigue sucediendo. Pero aprender a rodear las paredes que son demasiado duras para derribar, eso si es que lo aprendí, a fuerza de romperme la cabeza contra tantas y tantas paredes... Entonces hoy, cuando no puedo derribar una barrera que no quiere ceder, la dejo, la rodeo, sigo adelante, y ya jamás vuelvo a recordar que existe, porque deja de interesarme en el mismo momento en que la dejé atrás. Así, y volviendo al famoso "No te metás", tan nuestro, tan argentino, según muchos dicen, a veces, es beneficioso, sano, y según aprendí, habla de la educación de las personas. Son historias de infancia, a lo mejor aburridas, pero son mías y me gustan… Sil